El barco ya había zarpado, y la voz de Rafael sonaba como si estuviera jugando con ellos, lanzando un hueso para que el perro corriera tras él, haciéndolos creer que tenían una oportunidad para luego atraerlos y acabar con ellos.
Camilo ni se inmutó. Si Rafael hubiera querido dejarlos ir, lo habría hecho antes, no esperaría a que subieran al barco para decirlo. Sin duda, lo que planeaba era mucho más turbio.
—¿Qué, se quedaron mudos? —Rafael se puso de pie y caminó hasta donde estaban Sabrina y Camilo—. Les advierto, solo hay una oportunidad para irse. ¿Seguro que no quieren intentarlo?
Sabrina le sonrió, tranquila.
—Gracias por la oferta, pero paso.
—Yo tampoco la necesito —añadió Camilo, firme.
Rafael los miró con sorpresa y una sonrisa torcida.
—Vaya, qué coordinados de repente. No me acostumbro a verlos así. Sé bien que ustedes nunca se han llevado bien. Hagamos esto: el que gane una pelea, yo mismo lo llevo de regreso en lancha.
Sabrina, sin poder evitarlo, miró a Camilo, segura de que él acabaría cediendo. Lo conocía lo suficiente para saber cuánto la detestaba, y esa era una oportunidad de oro.
¿De verdad la dejaría pasar?
Pero la respuesta de Camilo la dejó con la boca abierta.
—Mira, ganas de irme no me faltan, y con Sabrina tengo cuentas pendientes. Pero al final del día, sigo siendo hombre, y no voy a pelearme con una mujer para salvar el pellejo. Eso sí que no.
Él admitía que había contratado a alguien por medio de la red oscura, pero otra cosa era ensuciarse las manos golpeando a una mujer. Su orgullo no se lo permitía.
Sabrina no podía creer lo que acababa de oír. ¿Camilo diciendo eso? ¿En serio?
Rafael soltó una carcajada.
—Qué raro, ¿eh? Nunca pensé que te quedaba algo de conciencia, y menos que en un momento como este no intentaras deshacerte de mí —comentó Sabrina, mirándolo de forma distinta. Un tipo que siempre veía por su propio beneficio, de repente había actuado diferente, y eso la desconcertaba.
—Si tienes tanta energía para pelearte conmigo, mejor la usamos para buscar una salida. ¿No te parece? —Camilo fue hacia la ventana y la abrió. Lo único que se veía afuera era el mar infinito, tan profundo que no se alcanzaba a ver el fondo.
Si saltaba y no encontraba un barco pesquero, moriría sin remedio.
—¿Por qué la prisa? Ignacio va a venir —Sabrina seguía igual de tranquila, como si nada pudiera sacudirla.
—Eso lo tengo claro, pero… ¿y si tarda? ¿No sería mejor que intentáramos salvarnos solos?
—En esta fiesta, el que intenta salvarse por sí mismo puede acabar muerto aún más rápido. Mejor observa y espera —propuso Sabrina.
—Claro, tú no tienes prisa porque no eres la primera que van a sacrificar —bufó Camilo—. Si hubiera sabido que ibas a tomarlo tan a la ligera, mejor sí te hubiera echado al ruedo hace rato.

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