Hoy Cecilia no fue a la escuela; pidió permiso.
Quería ir a ver cómo era ese prometido suyo.
Antes de salir, recibió una llamada de su maestro.
—¡Maestro! —A Cecilia se le humedecieron los ojos.
Haber vuelto a vivir y volver a escuchar la voz de alguien cercano… era una sensación imposible de explicar.
—Cici, ¿ya estás bien?
—Estoy bien, maestro. —Cecilia no entendía por qué se lo preguntaba.
—Te llamo porque necesito que hagas algo.
—Usted dígame. —Lo que su maestro le pidiera, lo haría sin pensarlo.
—Quiero que vayas a salvar a alguien. Se llama Saúl Rivas. Encuéntralo y ayúdalo.
Cecilia frunció el ceño.
—¿Saúl? ¿Quién es?
—Ve y averígualo tú. Ese hombre te debe un favor… o más bien, tú le debes uno a él.
Cecilia se quedó todavía más confundida. ¿Cómo que le debía algo?
Su maestro explicó:
—Cici, yo sé que volviste a vivir. Pasaste por la muerte. Y el motivo por el que pudiste regresar… tiene que ver con él. ¿Eso no cuenta como un favor?
Cecilia se quedó helada.
¡Su maestro hasta sabía lo de su segunda vida!
—Maestro… ¿qué está pasando?
—Más adelante te lo iré explicando. Por ahora, tú solo cumple con lo que te encargué.
—Está bien. Ya entendí.
Colgó, pero la duda se le quedó clavada.
Este regreso, este mundo que de pronto “volvió” a antes… ella creía que solo ella lo sabía.
Y resulta que su maestro lo tenía clarísimo.
¿Por qué?
«Mejor luego lo veo en persona y le saco la verdad», pensó.
—Cici, ¿no que ibas a ver a tu prometido? Ándale, vámonos —la apuró Marina al acercarse.
—Sí, vamos.
—No, aquí el pueblo es chiquito… es de un extremo al otro y ya.
***
—Agua… agua… Paula, dame agua…
En una casa vieja, un hombre miró a la mujer que tenía enfrente.
Ella tenía una expresión dura y se dio la vuelta para servirle, sin dejar de quejarse.
—De verdad qué mala suerte la mía… venir a cuidarte. Todo el día ahí, ensuciando la cama. ¿No puedes comer menos? ¿Tomar menos? Qué asco… apestas.
Le sirvió agua, pero no se la dio.
Levantó el vaso y lo inclinó para que él “tomara” como pudiera, con la boca.
Saúl apenas alcanzó a beber un poco; el resto terminó escurriéndole por la cara o empapando la cobija.
—¿Tú… tú te atreves a hacerme esto? —Saúl se llenó de rabia.
Quiso apretar el puño, pero no tuvo fuerza.
No podía moverse; era un prisionero en su propio cuerpo.
—¿Y por qué no? Con que te deje tomar tantito ya deberías estar agradecido. ¿O qué, todavía te crees el gran señor de antes? Ahorita no vales ni lo que un perro. ¿Con qué cara me vienes a hacerte el importante? —dijo ella, con desprecio.

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