Saúl se quedó callado.
—Cici, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Marina.
—Nos lo llevamos a la casa.
—Bueno. Le hablo a tu hermano para que venga a cargarlo, ese tiene fuerza de sobra.
—No hace falta.
Cecilia terminó de decirlo y, sin más, se lo echó al hombro y salió.
Marina se quedó en shock.
Saúl también.
—¡Bájame! ¿A dónde me llevas? ¡Bájame! —gritó Saúl.
—Cállate. Dices una cosa más y te suelto ahí mismo —lo amenazó Cecilia.
Saúl sintió que lo estaba humillando.
¡Lo traía cargado como costal!
—No… bueno… —Marina se quedó con la boca abierta—. Esta hija…
Y se fue corriendo detrás.
Afuera, la cuidadora estaba comiendo semillas. Cuando vio a Cecilia cargando a Saúl, se espantó.
—¿Qué… qué vas a hacer? ¿A dónde te lo llevas?
—A mi casa. Yo lo voy a cuidar.
—¡No! ¡No te lo puedes llevar! —se atravesó.
Si se lo llevaban, se le acababa el trabajo.
Y ese sueldo mensual era lo que ella ganaba en muchísimo tiempo.
—¿Por qué no? Si tú ni lo cuidas —respondió Cecilia.
La mujer se puso nerviosa.
—¿Quién dice que no lo cuido?
—En la cama ya había hasta bichos. La sábana empapada, todo sucio. ¿Tú lo limpiaste?

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