—¡Lárgate! ¡No te necesito! ¡Fuera! ¡Fuera! —Saúl gritó con todas sus fuerzas.
Cecilia lo entendía: estar paralizado y frustrado era motivo suficiente para andar irritable.
—Ya bájale. Con cómo estás, si sigues gritando, cualquiera se aprovecha de ti.
Saúl se quedó mudo.
«Claro… otra más que viene a humillarme», pensó.
—Ay, no… esto está insoportable. Mejor limpio tantito —dijo Marina, que no sabía estarse quieta.
—Mamá, no.
—¿Cómo que no?
—Me lo voy a llevar. Aquí no está viviendo bien.
Esa frase tan simple dejó helados a Marina y a Saúl.
Cuando Cecilia levantó la cobija, vio manchas por todos lados; estaba tan sucio que hasta había larvas. Nadie lo limpiaba.
Quedaba claro que la cuidadora se hacía mensa… y encima lo maltrataba.
—Cici… ¿hablas en serio? —Marina reaccionó al fin.
En su casa ya andaban justos… y ahora cargar con otro paralítico…
—No estoy jugando. Mamá, ve por una tina con agua. Lo voy a limpiar.
Saúl la miró, frío.
—No necesito tu lástima. Y no tienes por qué llevarme.
—¿Entonces te vas a quedar aquí a ver cómo te acabas?
Saúl se rió con amargura.
—La verdad ni quiero vivir. ¿Y qué si me dejo morir?
—Eso no lo decides tú ahorita. Desde hoy, yo me voy a asegurar de que salgas de esta.
Lo dijo como si nada, pero Saúl se quedó impactado. No sonaba a broma.

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