Thiago se quedó sin palabras.
Sí… al parecer, otra vez había subestimado lo que su mamá traía entre manos.
—Pero, Cici, con tu ayuda, tu papá está seguro de que vamos a levantar la empresa. Vamos a dar resultados para que tu abuela lo vea. Y después de esto, ya no se van a atrever a menospreciarnos.
—Va, papá. Noé ya casi llega. Acuérdate: hay que imponer presencia. No te puedes dejar aplastar —le advirtió Cecilia.
Apenas terminó de hablar; ni siquiera alcanzaron a esperar a que la asistente, Violeta, entrara a avisar cuando Noé se metió de golpe.
Era un hombre de treinta y tantos, en la edad en la que todavía se sienten invencibles.
Se decía que antes había sido novio de Isabel y que, por ella, había conseguido el puesto de gerente de Finanzas.
—¿Con qué derecho me corren? —entró reclamándole a Thiago, como si la empresa fuera suya.
—¿No sabes tocar antes de entrar? Salte —le soltó Thiago, tajante.
—Director General, quiero que me explique por qué me despidió.
—Te está diciendo que toques. ¿De plano no entiendes? —intervino Cecilia desde un lado.
Noé se puso rojo de coraje, pero Thiago se mantuvo sereno. Esa calma, esa presencia… ya la traía.
Noé no tuvo de otra: se dio la vuelta, salió y tocó la puerta.
Cuando Thiago dijo “pasa”, Noé volvió a entrar.
—Director General, lo de hoy fue un despido sin motivo. No estoy de acuerdo. ¿Por qué me hace esto?
Thiago tomó una hoja y se la aventó.
—Mira. Aquí está tu asistencia de este último año. Y hoy faltaste sin permiso. Según el reglamento, eso es despido.


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