La abuela le pasó el contrato a Cecilia. Isabel, a un lado, dijo con aire presumido:
—Cecilia, con cuidado, ¿eh? No lo vayas a maltratar. Me costó un mundo conseguirlo.
Cecilia lo revisó: no tenía la firma de Lorenzo, solo un sello.
No sabía qué maniobra había usado Isabel para conseguirlo, pero quien mandaba detrás de Grupo Alcántara era ella.
Si ese contrato valía o no, lo decidía Cecilia.
Además, antes de venir, ya traía un plan.
—Abuela, este contrato es falso —soltó Cecilia, directo.
Todos se quedaron helados.
Isabel se encendió:
—Cecilia, no seas ardida. Este contrato lo firmé cara a cara con Leire, la responsable de este proyecto en Grupo Alcántara. Trae sello oficial, ¿cómo va a ser falso?
—Si yo digo que es falso, es falso.
Santiago se burló:
—¡No manches, me muero de risa! Cecilia, ¿quién te crees? ¿Nomás porque tú dices ya cuenta? ¿Por qué no sacas pruebas? Si no tienes, es pura envidia porque Isabel sí pudo.
Ellos estaban convencidos: el contrato ya estaba firmado, no había vuelta atrás.
—¿Pruebas? Qué casualidad: yo también tengo un contrato firmado con Grupo Alcántara. El mío es el verdadero. El de ustedes no vale.
Dicho eso, Cecilia sacó otro contrato.
Antes de llegar, le había marcado a Lorenzo. Él de inmediato mandó a alguien con una copia para cualquier emergencia.
Isabel y los demás se quedaron pasmados.
¿Cecilia también tenía contrato?
La abuela tomó el de Cecilia y lo revisó. Ese documento estaba mejor armado, y además tenía la firma de Lorenzo.
—Cecilia, ¿de dónde sacaste esto? —preguntó la abuela.
—De Lorenzo. Yo fui a que lo firmara.

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