—Pero dieciocho años después, cuando supieron que yo ni siquiera era hija biológica de los Valdés, ya no tuvieron escrúpulos. Para “evitar la profecía”, se pusieron de acuerdo para despedazarme y desaparecerme. ¿Sí o no? —exigió Cecilia.
Lo de “para que no pelee la herencia” era mentira.
A ella ya la habían corrido de los Valdés. ¿Qué iba a pelear?
Esa era la verdadera razón.
—Sí, así fue. ¿Y qué? Al final se comprobó lo que dijo ese adivino: eres una desgracia. Mira cómo quedó la familia Valdés. ¿No es prueba suficiente? Me arrepiento de no haberte matado con mis propias manos desde antes.
—Jefa… —Lorenzo la miró, preocupado.
No sabía que Cecilia también cargaba algo así.
Él siempre pensó que ella era “luz”, que había crecido feliz… por eso lo había podido iluminar a él.
No imaginó que ella también venía de un infierno.
Cecilia sonrió.
—Yo no creo en el destino. Solo sé que el que la hace, la paga. Esto es su castigo. Voy a verlos quebrar. Voy a acabar con ustedes para que no se vuelvan a levantar.
Su sonrisa era bonita… y peligrosa.
Gael resopló.
—¿Tú? Si nomás andas vendiéndote. No te creas mucho porque traes cara bonita y porque te pegaste a Lorenzo para que nos ataque. Para mí eres una corriente, una sinvergüenza. Eres una cualquiera. ¿Qué eres tú? Si Saúl se entera de que tú y Lorenzo andan en esas, ¿qué va a pensar?
—Mujeres como tú solo sirven para ser juguete de un hombre. Me das asco. Ni de chiste te comparas con mi hermana Noa: tú no le llegas ni a los talones.
Cecilia apretó los puños; le tronaron los nudillos.
Lorenzo ya no aguantó.
¡Pum!
Se le fue encima, lo agarró del cuello de la camisa y le soltó un puñetazo.

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