Después de un rato peleándose consigo mismo, Gael logró calmarse.
—Sr. Rivas, yo no le he hecho nada. ¿Por qué me trajo aquí? ¿Qué quiere?
—¿Y tú qué crees? ¿De verdad no te cae el veinte?
Gael pensó un momento y de golpe lo entendió.
—Ya sé… Usted es el prometido de Cecilia. Entonces fue ella quien le pidió que viniera por mí, ¿no? No pensé que fuera tan… tan ruin, tan descarada, como para mandarlo a usted a…
¡Pum!
No alcanzó a terminar: el guardia que tenía al lado le soltó una patada brutal.
A Gael se le revolvió todo del golpe.
—Con razón… con razón era él…
Saúl se levantó y caminó hasta quedar frente a él. Lo miró desde arriba, como si estuviera viendo a un insecto.
Con sus zapatos brillantes, le pisó la cara.
—¿Tú qué eres para andar mencionando a Cecilia? ¿No entiendes que es lo más importante para mí? ¿Y todavía te atreves a tocarla?
—Ese día, cuando Cecilia fue a comprar unos pastelitos y se topó con unos tipos en la Calle de los Olivos… fuiste tú quien los mandó, ¿verdad? Te metiste con mi gente, Gael. ¿Te quieres morir?
Gael por fin entendió: Saúl venía a cobrársela por Cecilia.
Sí, ese día él había mandado gente. Quería que Cecilia se muriera.
Ella era la fundadora del Grupo Alcántara… y se los ocultó.
Además, hundió al Grupo Valdés hasta la quiebra y dejó a su familia en la ruina.
La odiaba.
Pero al final falló.
Cecilia los tumbó a todos.
Y a esos tipos… los terminaron agarrando.
Saúl debió enterarse y explotar de coraje.
—Sr. Rivas… por favor, por Noa… ella fue su prometida. Déjeme ir. Me equivoqué. Perdón.
Gael solo podía suplicar.
Saúl parecía capaz de devorarlo.

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