Anaís la fulminó con la mirada, pero no dijo nada.
No podía ponerse del lado de Cecilia, pero tampoco del lado de Kevin.
—Señor Rivas, si el huerto está tan sucio, ¿para qué viene? —dijo Cecilia.
Y sacudió las verduras que traía; la tierra le cayó encima a Kevin.
—¡Tú… tú… tú te estás burlando de mí, Cecilia! —Kevin rechinó los dientes, se sacudió como pudo y se largó.
—¡Señor Rivas, trae algo verde en la cabeza! —le gritó Cecilia a su espalda.
Kevin se detuvo y se tocó el pelo. Tenía pegada una hoja verde.
Del coraje, azotó el pie contra el suelo.
Anaís no podía creerlo: Kevin, que siempre era un problema, frente a Cecilia salía perdiendo.
Esa Cecilia sí sabía cómo moverse.
—Cecilia… aunque seas la prometida de Saúl, ¿has pensado si de verdad te ama? —preguntó Anaís, sin resignarse.
Aunque Cecilia fuera descarada y corriente, lo de hace rato le había dado gusto.
Le ardía: Cecilia había hecho lo que ella no se atrevía.
Ella, como “niña bien”, tenía que mantener la compostura.
Cecilia acomodó las verduras con calma.
—Si no me ama a mí, ¿a ti sí o qué?
—Sí. La que de verdad le gusta soy yo. Seguro ya averiguaste quién soy. Saúl y yo crecimos juntos. Antes fuimos novios, estuvimos juntos.
Cecilia no respondió; siguió concentrada en lo que estaba haciendo.
—Te estoy hablando, Cecilia. ¿No tienes tantita educación?
—¿Y quién dijo que porque me hablas tengo que contestarte? Señorita Calderón, si quiero respondo y si no, no. ¿Para qué te pones tan intensa? Además, pase lo que pase entre tú y Saúl… tú misma lo dijiste: eso fue antes. Ahorita, ¿siquiera te voltea a ver?
Las palabras de Cecilia estaban cargadas de provocación. Y Anaís no podía ganarle.
Se mordía los labios de coraje.
Nunca había visto a alguien tan descarada.

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