Tenía una cara dura, de esas que no sonríen nunca y calculan todo.
Aun así, entre las cejas se parecía a Thiago.
—Mira nada más, Marina… por fin llegas. Ya nos hiciste esperarte —dijo Olivia Cabrera de Galindo, la esposa de Facundo Galindo.
Marina se apuró a quedar bien:
—Es que… en el camino se hizo un tráfico horrible en el camión y por eso…
—Mamá, le traje verdura recién cortada. La saqué hoy en la mañana, está bien fresca, sin químicos, es buena para la…
Otra mujer la interrumpió.
—Ay, ya, Marina. ¿Nos estás diciendo que aquí ni para verdura tenemos? Vienes y ni un regalo decente traes. ¿A qué vienes con esa basura? —soltó Helena Llorente de Galindo, la esposa de Patricio Galindo.
Los demás se rieron por lo bajito.
Marina bajó la mirada, sin saber qué decir, chiquita.
—Ya —ordenó la abuela—. Mayordomo, llévate eso. No me vayas a ensuciar el tapete.
Qué desagradable.
Tal para cual.
Cecilia vio a esas dos mujeres, todas llenas de joyas, creyéndose superiores.
Eran nueras igual que Marina. ¿Por qué su mamá no valía nada ahí?
Puro trato desigual.
La abuela clavó la mirada en Cecilia.
—¿Esta es la que recuperaron de los Valdés?
—Sí, es Cici. Cici, saluda a tu abuela —dijo Marina, empujándola tantito hacia adelante.
—Abuela —dijo Cecilia, sin ganas.
Solo porque era mayor.
—Y ellos son tu tío Facundo y tu tía Olivia. Y allá están tu tío Patricio y tu tía Helena.
Cecilia se quedó quieta, sin acercarse.

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