La abuela se veía furiosa cuando, en ese momento, entró una chica.
—Uy, ¿todos aquí? Abuela, ¿de qué están platicando? —era Nuria, la hija de Helena.
La abuela, al verla, sonrió como rara vez.
—Nuria, ¿cómo vas con el piano? Ya casi es tu examen.
—No se preocupe, abuela. Lo paso sí o sí.
—Mamá, Nuria le echa ganas. Hasta el maestro dice que tiene talento —presumió Helena.
Se pusieron a hablar como si nada… y a Cecilia la borraron, como si no importara.
Cecilia puso los ojos en blanco y se salió del salón sin hacer ruido.
Total, nadie la estaba pelando.
Fue a buscar a Marina.
Marina estaba en la cocina, ayudando a preparar la comida.
—A ver, limpia esta verdura.
—Lava los chiles.
—Pela el ajo.
Marina andaba de arriba abajo, como si fuera parte del servicio.
Cecilia se acercó y le agarró la mano.
—Mamá, ¿qué estás haciendo?
—Ayudando con la comida —dijo Marina, como si fuera lo más normal del mundo.
Ya estaba acostumbrada. Antes, cuando vivían ahí, trabajaba con el personal.
La abuela decía que no mantenía gente “de adorno”.
Así que aunque los corrieron, cada vez que Marina volvía, la ponían a trabajar igual.
—Ya, suelta eso —Cecilia le quitó el ajo de las manos.



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