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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 332

Saúl le apretó la mano y le preguntó, serio:

—Cici… ¿ya entré en tu corazón?

Cecilia sonrió, lo jaló de la corbata y lo acercó a ella.

Esteban, que iba manejando, alcanzó a ver por el retrovisor y se quedó pensando que la señorita Galindo sí tenía carácter: era la primera persona que se atrevía a hacerle eso al jefe.

—Saúl, en esta vida solo puedes querer a una: a mí. ¿Me oíste? —dijo Cecilia, con esa actitud orgullosa suya.

—¿Y si no?

—Si no… entonces yo ya no te quiero.

—¿Eso es todo? —Saúl hasta pensó que lo iba a despedazar.

Con el carácter de Cecilia, que no perdonaba ni una, se esperaba algo peor.

—Sí. Eso. Y ya no te voy a querer nunca —repitió ella.

Para ella, “no querer” era de verdad soltar: para siempre.

Saúl curvó los labios; en sus ojos, astutos, asomó una sonrisa traviesa.

—Está bien. Solo te quiero a ti. Toda la vida. A una sola.

Lo dijo en voz baja y la besó.

Esteban, al volante, se tuvo que aguantar… pero le tocó ver todo el show.

Por fin llegaron.

—Señor Rivas, ya llegamos.

Saúl y Cecilia bajaron.

Habían ido a Fuego y Aroma.

La comida ahí estaba buenísima; iban seguido.

—Vámonos —dijo Saúl, y sin pensarlo le tomó la mano para entrar.

Ya adentro, Cecilia vio a dos personas conocidas.

—¡Teresa!

Teresa volteó y, al ver a Cecilia, corrió hacia ella.

—¡Cici! ¿Tú también viniste a cenar? ¡Qué casualidad!

Sebastián venía con ella, así que claramente habían llegado juntos.

—De verdad, señor Rivas… usted sí es un genio para los negocios. Con lo que me dijo hoy aprendí más que en años —dijo Sebastián, emocionado.

Saúl, en realidad, solo se tomaba esa molestia por Cecilia. Con otro, ni lo pelaba.

Después de cenar, Saúl llevó a Cecilia y a Teresa de regreso a Hacienda San Jerónimo. Sebastián se fue a la empresa a seguir trabajando.

En principio Sebastián iba a llevar a Teresa, pero como Saúl ya iba para allá, se fueron juntos.

De vuelta en la oficina, Sebastián prendió la compu y se puso a trabajar.

Y entonces llegó Isabel.

—¡Sebastián!

Sebastián levantó la vista.

—¿Todavía no te vas? ¿Qué haces aquí?

—Te estaba esperando. Tengo algo que decirte.

—A ver, dime.

—Sebastián… me gustas. ¿Puedes no comprometerte con Teresa?

***

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