Saúl le apretó la mano y le preguntó, serio:
—Cici… ¿ya entré en tu corazón?
Cecilia sonrió, lo jaló de la corbata y lo acercó a ella.
Esteban, que iba manejando, alcanzó a ver por el retrovisor y se quedó pensando que la señorita Galindo sí tenía carácter: era la primera persona que se atrevía a hacerle eso al jefe.
—Saúl, en esta vida solo puedes querer a una: a mí. ¿Me oíste? —dijo Cecilia, con esa actitud orgullosa suya.
—¿Y si no?
—Si no… entonces yo ya no te quiero.
—¿Eso es todo? —Saúl hasta pensó que lo iba a despedazar.
Con el carácter de Cecilia, que no perdonaba ni una, se esperaba algo peor.
—Sí. Eso. Y ya no te voy a querer nunca —repitió ella.
Para ella, “no querer” era de verdad soltar: para siempre.
Saúl curvó los labios; en sus ojos, astutos, asomó una sonrisa traviesa.
—Está bien. Solo te quiero a ti. Toda la vida. A una sola.
Lo dijo en voz baja y la besó.
Esteban, al volante, se tuvo que aguantar… pero le tocó ver todo el show.
Por fin llegaron.
—Señor Rivas, ya llegamos.
Saúl y Cecilia bajaron.
Habían ido a Fuego y Aroma.
La comida ahí estaba buenísima; iban seguido.
—Vámonos —dijo Saúl, y sin pensarlo le tomó la mano para entrar.
Ya adentro, Cecilia vio a dos personas conocidas.
—¡Teresa!
Teresa volteó y, al ver a Cecilia, corrió hacia ella.
—¡Cici! ¿Tú también viniste a cenar? ¡Qué casualidad!
Sebastián venía con ella, así que claramente habían llegado juntos.

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