Sebastián la miró, en shock.
—¿Te estás escuchando?
Isabel se le aventó y lo abrazó.
—Lo digo en serio, Sebastián. ¡Te amo!
Sebastián la apartó de golpe.
—Ya basta. Yo solo quiero a Teresa. No vuelvas a decir eso.
Isabel no se resignaba. Sebastián era el hombre que ella había elegido; ¿por qué Teresa se lo iba a quitar?
—¿De verdad te gusta tanto esa… esa mujer de rancho? ¿Qué tiene ella que yo no? ¡Sebastián!
Eso lo encendió más.
—¿“Mujer de rancho”? Isabel, Teresa es tu prima y aun así hablas así de ella. Sí, de niña creció fuera de la ciudad, pero se partió el lomo y con su esfuerzo entró a Estudio Cobalto. En cambio tú… tú y tu papá se la pasaron haciéndoles la vida imposible a ella y a los suyos. ¿No te da tantita vergüenza?
—Eso fue antes. Además, la empresa de todos modos está en manos de Thiago. ¿Qué más quieren?
—Ya. No voy a discutir contigo. Por respeto a la abuela, no me voy a poner al tú por tú contigo, pero más te vale tragarte lo que dijiste —soltó Sebastián, helado.
Mientras más frío se ponía él, más se retorcía Isabel por dentro.
Para ella, Teresa ni siquiera merecía competirle.
***
Al día siguiente.
Saúl pasó por Cecilia a Hacienda San Jerónimo.
Iban a un evento de beneficencia.
Cecilia se acercó y Saúl la checó de arriba abajo.
—Cici… ¿hoy no te pusiste vestido? —preguntó.
—No me gusta mucho. ¿Es muy importante? ¿Así te voy a hacer quedar mal?
Saúl sonrió. Sus ojos estaban llenos de cariño.
Se acercó, le tomó la mano y dijo:

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