Esa pinche vieja, ¿cómo se atrevía a fijarse en el cuarto de su hija? Era el colmo.
Berta dijo con cara de víctima:
—Ah, ¿era el cuarto de mi hermana? Bueno, papá, entonces déjalo. Viendo lo brava que se pone la señora, seguro no quiere que me quede… mejor me voy.
—¡Espérate! Es solo un cuarto. Te lo quedas. A partir de hoy, tú vas a vivir aquí.
—¿Y Natalia qué? —reclamó Florencia—. ¡Ese cuarto lo diseñó un arquitecto especialmente para ella! ¡Es su favorito!
—Esta casa está enorme, que Natalia se busque otro cuarto. Berta acaba de regresar y ya sufrió bastante. Lo justo es que Natalia ceda tantito. Es solo un cuarto; da igual quién duerma ahí. Ya, no discutan. Así se va a quedar.
Dicho eso, Lionel volvió a sonreírle a Berta.
—Berta, entra y échale un ojo. Si hay algo que no te guste, lo cambiamos.
—¡Va! —Berta miró a Florencia de reojo, bien satisfecha, y entró.
Florencia apretó los dientes del coraje.
En cuanto Berta cruzó la puerta, se quedó helada.
Le encantó ese cuarto.
Todo eso… debió haber sido suyo.
Y ella, en cambio, había vivido como si no conociera nada, sin mundo.
Mientras que Florencia, la amante, y su hija Natalia habían crecido con todo.
La comparación solo hizo que a Berta le subiera más el coraje.
Se juró en silencio que iba a recuperar lo que era suyo.
Durante años se la había pasado presumiendo, armándose una imagen de niña rica, solo para escalar y codearse con gente mejor.
El día que pudiera aplastar a Natalia…
—Papá, qué bonitas están… ¿me las puedo quedar? Yo nunca he usado ropa buena; siempre compro en línea, de lo más barato —dijo Berta, mirándolo con ojos suplicantes.
—Ay, mi niña, cuánto has sufrido. Quédate con ellas. Y luego mando a que te traigan más, a tu medida.
—Gracias, papá. De verdad eres el mejor.
—Amor, esas marcas son las que más le gustan a Natalia —insistió Florencia—. ¿Cómo se las vas a regalar? Si le falta ropa, yo le puedo comprar más…
Esta vez Berta se le adelantó.
—Señora, ¿no dijo hace rato que de ahora en adelante me iba a tratar como a su hija? Solo pedí unas cuantas prendas y ya le dolió, como si hubiera que separar todo… ¿o qué? ¿Natalia sí es su hija y yo no? ¿O en el fondo jamás me va a ver como hija?
—Yo…
—Berta, no le hagas caso —se apuró Lionel—. Ella lo dijo por decir. En esta casa, lo que tú quieras, yo te lo doy. Tú eres mi hija. Y Natalia no se va a molestar; ella siempre ha sido bien portadita.
***

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