—No necesito. Tú mejor trabaja —le respondió.
—Maribel, eres una malagradecida. Te vas a arrepentir.
—¿Arrepentirse de qué? ¿Otra vez molestando a una compañera? —Zacarías apareció justo a tiempo.
Aarón sabía que Zacarías tenía con qué, pero estaban en la empresa y había mucha gente viendo; no se atrevió a hacerle nada.
—Otra vez tú, pinche guardia. ¿Qué traes? Yo estoy ligando, ¿por qué te metes? ¿O qué, también te gusta?
—Sí, me gusta —admitió Zacarías, cruzándose de brazos.
Mónica lo miró, sorprendida. El corazón le empezó a latir raro.
¿Qué le pasaba?
Aarón se soltó a reír.
—No inventes. ¿Tú, un guardia, queriendo ligártela? Si ni a mí me pela, ¿te va a pelar a ti? ¿Tú qué eres?
—¿Quién dijo que no lo pelo? —Mónica se enganchó del brazo de Zacarías—. Aarón, te aviso: Zacarías es mi prometido.
Aarón se quedó helado.
—¿Qué dijiste? ¿Él es tu prometido?
—Sí. Yo soy su prometido —dijo Zacarías, señalándolo con el dedo índice a modo de advertencia—. Y si te atreves a acosarla, aunque sea enfrente del director, te reviento.
Aarón seguía sin reaccionar.
—Maribel, estás guapísima… ¿y te vas a fijar en un guardia? ¿En un perro guardián? ¿No te da pena que se burlen de ti?
—¿Y por qué daría pena? ¿Por qué se tendrían que burlar? Todos los trabajos valen lo mismo. Tú trabajas en el Grupo Fonseca y él también. Y aparte tú eres más asqueroso. ¿De qué te sientes superior?
Aarón se quedó sin habla.
Al verlos tan unidos, se le subió más la rabia.
—Está bien. Te vas a arrepentir —amenazó.
Iba a hacer que Mónica entendiera lo “equivocada” que estaba por escoger a un guardia.
***
Hacienda San Jerónimo.

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