Y se iba a ir.
—¡Papá, mamá, no vayan! Si yo ni estoy enojada, ¿ustedes por qué sí? Ya lo solté. A mí esos mensajes me dan igual. Con ustedes me basta. Además hoy es su boda; si van a armarla, mi abuela se va a poner peor —los detuvo Teresa.
Ya estaba como estaba; no quería que sus papás se preocuparan más.
Cecilia también dijo:
—Sí, papás. No hagan nada impulsivo. Esto… déjenmelo a mí.
—¿A ti? —todos la miraron, sorprendidos.
—Sí. Le quitó el hombre a Teresa. Aunque Teresa ya no lo quiera, nosotros no tenemos por qué tragarnos esto. Yo voy. Yo siempre he sido de mecha corta y mi abuela ya está acostumbrada. Además, tengo a Saúl detrás; no se van a atrever conmigo.
Si iban Thiago y Marina, la abuela iba a sacar su “autoridad” de mayor para chantajearlos.
Ellos no eran buenos para discutir, y su papá era demasiado de “respetar a los mayores”; al final, los que salían perdiendo eran ellos.
Eso con Cecilia no funcionaba. Ella era la indicada.
—Está bien, Cici. Ve, pero cuídate y no te pases. Nomás dale su lección por Teresa —le pidió Thiago.
—Ya dije que no pasa nada… ¿por qué mandas a Cici? Si a Cici le hacen algo, yo me voy a sentir peor —Teresa se preocupó.
—No te asustes. No me van a hacer nada —dijo Cecilia—. Ya me voy, si no, no alcanzo.
Cecilia salió directo al hotel.
La boda de Sebastián e Isabel era ahí mismo.
Sebastián tenía cara de pocos amigos. A un lado, Lucas lo convencía:
—Hijo, sé que no quieres. Nosotros tampoco queríamos. Pero fue orden de tu tía abuela y no podemos desobedecer. Además, Isabel está embarazada: es sangre de la familia Fernández. Tenemos que aceptarlo.
—No se preocupe, papá. Voy a hacer la boda como se debe. Y me haré responsable del bebé —respondió Sebastián.
Lucas le dio unas palmaditas en el hombro.
Luego, con el maestro de ceremonias guiando el evento, los novios subieron al estrado.
Isabel tenía el vientre apenas abultado. Miró al guapo Sebastián y no le cabía la felicidad.

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