—¿Saben quién soy? ¡Cómo se atreven a secuestrarme! ¡Si salgo de aquí, no se las voy a perdonar!
Lorenzo se acercó y le acomodó una patada.
—¡Ah!
Iván chilló.
Lorenzo le hizo una seña a Yolanda para que le quitara la bolsa.
Iván ya iba a soltar una sarta de insultos, pero al ver a Lorenzo frente a él, se quedó tieso.
Se levantó de golpe y lo señaló.
—Ah, con que eras tú. Ya decía yo. Pinche bastardo… ¿no tuviste suficiente la última vez? ¿Ahora me secuestras? ¡Suéltame ya…!
Pero de pronto algo no le cuadró.
—No… a ver… ¿tú cómo… cómo estás aquí, parado?
Iván lo revisó con la mirada.
La vez pasada casi le destrozó las piernas. Y también le había quebrado costillas.
Estaba seguro de que Lorenzo quedaría inválido, que jamás volvería a levantarse.
Y aun si llegara a caminar, tendría que ser tras años de tratamiento y reposo.
Pero había pasado muy poco tiempo y ahí estaba, como si nada.
Era imposible.
—Iván, te lo dije: te iba a cobrar la cuenta. Aquí estoy. Y para que te quede claro: lo del almacén en el muelle no se me va a olvidar jamás —dijo Lorenzo con frialdad, mirándolo con desprecio.
Iván entendió el peligro e intentó huir, pero Yolanda le cerró el paso.
Le soltó una patada.
A Iván le tronó el dolor en las piernas y cayó de rodillas, hecho un desastre.
—¡Lorenzo, pinche bastardo! ¿Qué quieres?!
Normalmente, con ver algo sucio ya le daban ganas de vomitar.
Pero hoy era su venganza. Tenía que aguantar.
Tenía que verlo con sus propios ojos.
Los guardaespaldas le metieron la cubeta a la fuerza.
Iván se retorcía, pero uno, con guantes, le sujetó la boca y se lo fue dando a tragos.
—Mmm… mmm… —solo le salían gemidos ahogados.
Cuando terminaron, Iván empezó a vomitar, con náuseas horribles.
Lorenzo apretó los puños; se le marcaron las venas. El estómago se le revolvió.
Fue como ver a su yo de antes, obligado a lo mismo.
Siguió aguantándose… hasta que al final soltó una carcajada.

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