Cecilia le agarró el vestido de novia de un jalón.
¡Ras!
Con un tirón brutal, lo destrozó por completo.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio! —gritó Isabel Galindo a todo pulmón.
Cecilia le dejó el vestido hecho trizas.
A simple vista, Isabel parecía traer encima puros harapos, y el peinado recogido también se le había deshecho.
La que de verdad se veía como una loca era Isabel.
—¡Rápido! ¡Vayan por seguridad! —gritó la abuela.
Al poco rato entró el personal de seguridad del hotel.
—¡Hay que llamar a la policía! ¡A la policía! ¡Que se lleven a esta loca y la encierren! —rugió Olivia.
—¡Cállate! Aquí nadie va a llamar a la policía. El que se atreva, se las va a ver conmigo —la frenó la abuela.
Si esto se hacía público, la familia Galindo iba a quedar en ridículo otra vez.
—Está loca… está loca… se volvió loca… —Isabel se encogió en una esquina. Sin nadie que la protegiera, estaba muerta de miedo.
La abuela se acercó en persona y se plantó frente a Cecilia para bloquearla.
—Cecilia Galindo, ya estuvo. ¿También me vas a pegar a mí? —le preguntó.
Cecilia se detuvo. Al final, era la mamá de Thiago Galindo; por sus venas corría una parte de su sangre.
—Ya te desquitaste, ¿no? Ahora lárgate. ¡Mira nada más cómo dejaste todo!
—Sí, ya me voy. Pero antes me falta una última cosa.
Dicho eso, Cecilia tomó una botella de champaña de la mesa principal.
Caminó directo hasta quedar frente a Isabel.
—¿Qué… qué vas a hacer… qué vas a hacer…?

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