Cecilia le agarró el vestido de novia de un jalón.
¡Ras!
Con un tirón brutal, lo destrozó por completo.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio! —gritó Isabel Galindo a todo pulmón.
Cecilia le dejó el vestido hecho trizas.
A simple vista, Isabel parecía traer encima puros harapos, y el peinado recogido también se le había deshecho.
La que de verdad se veía como una loca era Isabel.
—¡Rápido! ¡Vayan por seguridad! —gritó la abuela.
Al poco rato entró el personal de seguridad del hotel.
—¡Hay que llamar a la policía! ¡A la policía! ¡Que se lleven a esta loca y la encierren! —rugió Olivia.
—¡Cállate! Aquí nadie va a llamar a la policía. El que se atreva, se las va a ver conmigo —la frenó la abuela.
Si esto se hacía público, la familia Galindo iba a quedar en ridículo otra vez.
—Está loca… está loca… se volvió loca… —Isabel se encogió en una esquina. Sin nadie que la protegiera, estaba muerta de miedo.
La abuela se acercó en persona y se plantó frente a Cecilia para bloquearla.
—Cecilia Galindo, ya estuvo. ¿También me vas a pegar a mí? —le preguntó.
Cecilia se detuvo. Al final, era la mamá de Thiago Galindo; por sus venas corría una parte de su sangre.
—Ya te desquitaste, ¿no? Ahora lárgate. ¡Mira nada más cómo dejaste todo!
—Sí, ya me voy. Pero antes me falta una última cosa.
Dicho eso, Cecilia tomó una botella de champaña de la mesa principal.
Caminó directo hasta quedar frente a Isabel.
—¿Qué… qué vas a hacer… qué vas a hacer…?
—Sí, señora. Hoy otra vez quedamos en vergüenza por culpa de Cecilia. Esa niña, como Saúl Rivas la respalda, se siente intocable. ¡Ni la respeta a usted! Usted todavía está aquí y ella se atreve a hacer esto. Si no la ponen en su lugar, al rato se les trepa encima.
La abuela, con el rostro tenso de coraje, les lanzó una mirada helada.
—¿Y ustedes todavía tienen la cara de decir eso? ¿A poco ustedes educaron tan bien a su hija? Teresa y Sebastián Fernández estaban bien, e Isabel tuvo que meterse. Y encima armó aquel numerito en la fiesta de compromiso. ¡Eso se paga!
Olivia se quedó callada del susto. Le daba pánico que la abuela se enojara y la castigara.
Nuria Galindo, que estaba viendo el show, de pronto dijo:
—Abuela… mi tío Facundo y la señora Olivia sí se equivocaron, pero lo de Cecilia hoy… sí fue demasiado. No pensó en las consecuencias. Aunque hubiera pleito, pudo esperar a que terminara la boda.
La abuela siempre había consentido a Nuria, creyendo que era obediente y sensata.
Al verla, su mirada se suavizó bastante.
—Nuria tiene razón. A Cecilia sí hay que darle un alto. Al final no creció en esta casa; hubo aquel intercambio de bebés y se crió afuera. A mí ya no me hace caso… pero a sus papás sí puedo ponerlos en su lugar. ¡Hablen a la casa de Thiago! Que él y su esposa vengan a verme.
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