Lorenzo entendió: era Berta.
Yolanda era de pocas palabras; Lorenzo ya conocía su forma de ser.
—¿Para qué me busca?… Bueno, que pase.
—Sí.
Berta seguía afuera, y el ambiente entre ella y Nuria estaba rarísimo.
Cuando vio salir a Yolanda, se le fue encima.
—Yolanda, ¿qué dijo? ¿Cómo te fue?
—Pasa —contestó Yolanda, sin más.
A Berta casi se le sale el corazón de gusto.
Entró y vio a Lorenzo trabajando.
Y la neta… Lorenzo era guapísimo.
Como él ni siquiera levantó la vista, Berta sacó el celular y le tomó una foto a escondidas.
—¿Qué? ¿Otra foto? ¿La de la otra vez no te alcanzó? —dijo Lorenzo, sin mirarla.
Del susto, a Berta casi se le cae el celular.
—Je, je… este… director Urbina, qué gusto verlo. Como lo vi ocupado, no quise interrumpir.
—Si no quieres interrumpir, entonces salte.
Berta se quedó muda.
No podía irse; le había costado demasiado entrar.
—Director Urbina… en realidad vine porque necesito pedirle un favor.
—¿Cuál?
—Quiero invitarlo a cenar hoy a mi casa.
Lorenzo frunció el ceño.
—¿A tu casa?
—Sí… a la casa de la familia Solano. Ya regresé con ellos.
—¿Y eso qué? —Lorenzo no entendía nada.
Él no sabía nada de los pleitos de Berta con esa familia.
—Es que… como usted fue a mi casa la vez pasada, mi papá se enteró. Él tiene dinero, pero nos corrió a mi mamá y a mí. Ahora, como supo de… de mi relación con usted, nos volvió a recibir y me pidió que hoy lo invite a cenar.
—Qué enredo. Tus problemas familiares no me interesan. No voy a ir a cenar. ¿Y por qué habría de ayudarte? ¿O qué, según tú somos muy cercanos?
Qué oso.
Berta ya sabía que Lorenzo era dificilísimo.
—Director Urbina… la vez pasada usted me ayudó. Ahora, por favor, ayúdeme una vez más.

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