Berta fingió que lloraba.
Lionel se puso nervioso.
—Berta, no llores. Ya entendí: todo es culpa de esta mujer.
Lionel levantó la mano y le soltó una cachetada a Florencia.
¡Plaf!
Florencia se quedó en shock.
—¿Ves, Berta? Ya le pegué a tu madrastra. De ahora en adelante no se va a atrever a andar metiendo cizaña.
Florencia enmudeció.
No se imaginó que Lionel, por quedar bien con Berta, se atrevería a pegarle.
—Lionel, por lo menos soy tu esposa. ¿Cómo me vas a pegar por ella? Si le pegas a Natalia, bueno… ¡pero hasta a mí me pegaste! ¡Te pasaste! —lo encaró Florencia, indignada.
Desde que “entró” a la familia, su relación con Lionel había sido relativamente tranquila.
Él nunca la había golpeado… pero desde que Berta regresó, parecía otro.
—Florencia, mi papá te pegó por tu bien. ¿Qué no ves que no supiste educar a Natalia? Encima se puso a inventar cosas sobre mí.
—¡Pinche vieja corriente! ¿Todavía te haces la víctima? Esta casa está hecha un desastre por tu culpa —Florencia explotó por completo.
—Florencia, usted es mayor que yo. ¿Cómo me está diciendo eso? Papá, me dijo “corriente”, ¿entonces tú qué? —replicó Berta.
A Lionel se le subió el coraje de golpe.
Agarró a Florencia del cabello y le dio otra cachetada.
Al final era hombre y tenía más fuerza; en eso llevaba ventaja.
Florencia ya no tenía nada de aquella elegancia. Traía el cabello hecho un desastre, el vestido roto…
Parecía una loca.
Y Berta, en cambio, tomó una manzana y se puso a comerla con toda calma.
—Papá, ya es tarde. Me voy a dormir. No le guardes rencor a mi madrastra… antes no era así —dijo Berta.
—¡Bah! Apenas hoy le vi la cara real. Se ve que estos años se la pasó muy a gusto y ya se le olvidó cómo entró a esta casa. Desde hoy le voy a cortar la tarjeta.
Que Lionel le cortara la tarjeta fue como un rayo en pleno día para Florencia.
—Berta, ven. Esta es la tarjeta que te da tu papá. Tiene un millón. Gástalo como quieras. Eres mi hija: ya te toca vivir bien. Y si ella ya no le aporta nada a la familia Solano, entonces tampoco tiene por qué gastar mi dinero. Hasta mantener a un perro sale mejor que mantenerla a ella —dijo Lionel, mirando con desprecio a Florencia, tirada en el piso.

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