Anaís se puso verde del coraje.
—¡Qué descarada eres! ¡No había visto a alguien tan sinvergüenza! —la insultó, furiosa.
—Si hablamos de descaro, señorita Calderón, creo que tú me ganas —dijo Cecilia con calma—. Te viniste pegada hasta Ciudad Jacaranda. Sabes perfecto que Saúl y yo estamos comprometidos, y aun así te metes. ¿Te gusta tanto ser la tercera?
—¡Tú qué vas a saber! Yo soy su asistente. Y además, Saúl y yo nos conocemos desde chicos. No eres quién para cuestionarme.
En eso, llegó Saúl.
—¿De qué están hablando? —preguntó.
—De nada —dijo Cecilia—. Solo que la señorita Calderón tiene algo contra mí.
Saúl volteó a ver a Anaís, molesto.
—Anaís, ya te lo dije: no te metas con Cecilia. Si sigues así, te regresas a Ciudad de San Martín. Aquí no te necesito.
Anaís se indignó.
—¡Saúl! ¡Ella me está molestando! ¡Me… me estuvo acosando! —se le quebró la voz y empezó a llorar.
Nunca se había sentido tan humillada.
Saúl la regañaba sin siquiera preguntarle bien.
—¿Cómo crees? Cici no es así. Ella es bien tranquila. ¿Cómo va a andarte acosando? —Saúl no le creyó.
Cecilia curvó los labios, como si le diera risa.
—Ya comí.
—Entonces vámonos al cuarto —dijo Saúl, sin hacerle caso a Anaís, y se fue con Cecilia.
Anaís se quedó ardiendo de coraje.
Le dio vueltas un rato y decidió que no podía perder. Esta vez venía a recuperar a Saúl.
Pensó en ir a disculparse, que la perdonara, y luego apelar a “los viejos tiempos”, para que se le pasara el enojo.
Pero cuando tocó la puerta del cuarto de Saúl, se dio cuenta de que no había nadie.
—¿Y este? —dijo Anaís, desesperada.
Una persona del equipo le respondió:
—Señorita Calderón, el señor Rivas salió.
—Jefe, son cajas sorpresa. A veces te sale una edición especial.
—Va, a ver qué tal la suerte —dijo Saúl.
Pagó y dejó que Cecilia eligiera. Todas las cajas se veían iguales; lo único que cambiaba era lo que traían dentro.
—Entonces… esta.
Cecilia eligió una, la abrió y le salió una muñeca bonita, bien detallada.
—¡Felicidades, señorita! Traía suerte: le salió una edición especial de Noctámbulos —dijo el vendedor.
Saúl se emocionó.
—¡¿Edición especial?! Cici, qué suerte tienes.
A Cecilia le encantó. De niña nunca tuvo juguetes; su vida había sido estudiar y entrenar sin parar.
Ver algo tan tierno le movió algo por dentro.
—Oye, guapo… estás bien guapo. ¿Me dejas una foto contigo? —preguntaron de pronto unas chicas a un lado.
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