—¡Cállate, mocosa! No creas que no sé qué traes en la cabeza. Antes de que tú llegaras a la empresa, Kevin estaba bien. Desde que entraste, no has hecho más que buscarle pleito. Todo lo armaste tú por atrás —le reclamó Zoe.
Claudia cruzó los brazos y se burló.
—La empresa no mantiene inútiles. Kevin es un inútil. Que se aguante.
—¡Ya! ¡Se callan todos! —rugió Cristian Rivas.
Por fin se quedaron en silencio.
Cristian miró a Saúl.
—Saúl, explícame. ¿Qué pasó?
—Papá, Kevin desvió dinero de la empresa para gastárselo afuera. Yo tenía que darle una explicación a la compañía. Si no, ¿qué van a pensar los demás?
Claudia añadió:
—Y no solo eso: también firmó por su cuenta un pedido con otra gente. El precio por unidad está al doble de lo normal. Si seguimos así, vamos a perder dinero. Papá, míralo tú mismo.
Claudia le pasó los documentos a Cristian.
Cristian, al verlos, se enfureció y los aventó al piso.
—¿Dónde está Kevin? ¡Tráiganmelo!
Al rato, un empleado lo llevó.
Kevin tenía la cara hinchada y llena de moretones; hasta parecía que traía la cabeza el doble de grande.
—Pa… papá… ¿me mandó llamar?
—Kevin, mira lo que hiciste. ¿Lo aceptas o no?
Kevin recogió los papeles del suelo y los revisó.
—Sí… lo acepto. Pero, papá, me chamaquearon. Yo ese día andaba tomado, entonces…
—Señor, acaba de entrar una llamada de un número desconocido. La persona dijo que está embarazada del señor Kevin y que, si el señor Kevin no se casa con ella, va a ventilarlo con la prensa.
A Zoe y a Kevin se les descompuso la cara.
Kevin, asustado, se escondió detrás de Zoe.
—¡Chamaco desgraciado! ¡Inútil! ¿Ves en qué líos te metes? ¿Con mujeres de ese tipo? Y todavía la embarazas… La familia Rivas no va a reconocer a ese niño. ¡Nosotros no vamos a cargar con eso!
Zoe se apuró:
—Cristian, Kevin no lo hizo a propósito. Nada más… le gustan las mujeres, pero él jamás se va a casar con alguien así, tú tranquilo. Lo de afuera lo arreglamos nosotros.
Claudia se burló:
—¿Arreglarlo? ¿Sí se va a poder? Porque, según yo, ya le dieron dinero a esa mujer y ni así se calmó. Como la acorralen, va a salir a decir cualquier cosa y nos van a dejar en ridículo a todos.
—Claudia, ya no digas nada —le advirtió la señora Ledesma, que hasta entonces no había hablado.

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