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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 634

—¡Va! ¡Voy a escoger el más caro!

Mientras platicaban, entraron a la tienda.

La vendedora se les acercó con una sonrisa.

—¿Qué postre les gusta, señoritas?

—Tú escógelo. Yo invito —dijo Berta, bien quitada de la pena.

Cecilia echó un vistazo alrededor y se fijó en un postre decorado con cerezas.

Señaló con el dedo.

—Ese.

Le gustó el diseño, sobre todo las cerezas: le daban el toque perfecto. Los colores se veían increíbles; solo faltaba ver a qué sabía. Primero lo iba a probar.

La vendedora sonrió.

—Señorita, tiene muy buen ojo. Es una novedad de Beso de Azúcar. Solo hacemos una al día. Es muy suave, se deshace en la boca… le aseguro que se le va a quedar antojado. Nada más que sí es caro: cuesta trescientos mil.

Cecilia se quedó sorprendida.

—¿Trescientos mil? ¿Por… esto? ¿Por un bocado?

A Cecilia le encantaban los postres, pero jamás había probado uno tan absurdamente caro.

Alguien se podría comer esos trescientos mil pesos de un solo bocado.

—Sí, señorita. ¿Está segura? Si sí, se lo saco de una vez.

—Sí, sí, sí. ¿Qué son trescientos mil? Ahorita me sobra el dinero —soltó Berta a un lado.

La vendedora sacó el postre. Berta lo vio y chistó.

—Ay, Berta, era broma. Teníamos un buen de tiempo sin vernos. Tú y yo crecimos juntas, fuimos vecinas desde niñas… ¿apoco no te conozco? ¿Te acuerdas cuando estabas chiquita y te ponías la ropa que yo ya no quería? Yo contigo siempre fui buena; si había algo chido, me acordaba de ti.

A Berta se le subió el calor a la cara, sobre todo en un lugar así, con gente.

Las dos habían crecido en un barrio pobre a las afueras de la ciudad. Sus familias eran vecinas, y con el tiempo sus mamás se trataron.

Cuando Berta era niña, a ella y a su mamá las corrieron; vivían con muy poco. En la casa de Paloma estaban un poquito mejor.

La mamá de Paloma, por buena onda, le daba a la mamá de Berta la ropa que Paloma ya había usado.

La mamá de Berta se la llevaba para que Berta se la pusiera. Después Paloma empezó a burlarse: que si Berta “recogía” lo que ella ya no quería.

Desde entonces, aunque le faltara ropa, Berta ya no dejaba que su mamá aceptara nada de nadie.

Haber crecido así la volvió bien presumida: le importaba mucho que no la vieran por debajo del hombro.

Ya de grande, para sostener su papel de “niña rica”, empezó a comprar imitaciones para vestirse.

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