—Híjole, Paloma… ¿así está tu gusto? —se burló Berta.
Paloma la miró de arriba abajo.
—¿Y? ¿Cuál es el problema? Nosotros andamos bien y estamos casados. Yo no soy la “otra”, ni nada. En cambio tú… tan arregladita, ¿de quién eres amante?
Era ridículo: colgada de un señor mayor y todavía se sentía con autoridad moral.
—Perdón, pero yo no soy como tú. Ni estoy casada. Yo sí trabajo por lo mío; no voy a venderme para andar con alguien mucho más grande que yo.
El marido de Paloma intervino.
—Señorita, bájale. Ensuciaron el vestido de mi esposa. ¿Van a pagar o no?
Luego señaló a la vendedora.
—Y tú: mi esposa quería un postre y ustedes no se lo venden. Te lo digo claro: quiero que le hagan otro.
La vendedora respondió con cortesía.
—Una disculpa, señor. De ese postre solo hacemos uno al día. No hay extra, y no se vuelve a preparar.
—¿Uno al día? ¿A quién le mientes? Tráeme al pastelero. Yo pago el doble y me hacen otro.
—Señor, son políticas de la tienda. Le pido que lo entienda.
—Si sigues con tus políticas, te compro la tienda completa.
La vendedora temió que se hiciera un escándalo y cedió un paso.
—Señor, si gusta, le marco al gerente para confirmarlo.
—Órale, rápido. Por un postre están haciendo un drama. Qué flojera —dijo el hombre, fastidiado.
La empleada se disculpó varias veces y se fue a llamar.
Cuando regresó, sacó fruta y botanas.
—De verdad, una disculpa. El gerente dijo que sí se puede preparar otro. Si gustan, coman algo mientras. En un momento sale; el chef ya está en eso.
Cecilia jaló tantito a Berta y le habló bajito.
—Espérate. Ya pedí que vengan a resolver lo del vestido.
Berta no entendió, pero decidió esperar a ver qué hacía Cecilia.
—Cecilia, ¿de verdad puedes arreglar lo del vestido? Es de Estudio Cobalto… esas cosas son un dolor. La neta, ya me arrepentí de embarrarla. Ni me fijé que era de ahí —murmuró Berta.
Le preocupaba meter a Cecilia en broncas.
—No pasa nada. Ahorita vas a ver —dijo Cecilia.
En otras cosas no se metía, pero si era Estudio Cobalto, eso sí lo podía resolver fácil.
Paloma no dejaba de echarles miradas como de “ahorita van a ver”.
Berta también la fulminaba. Ninguna cedía.

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