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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 653

En nada, Mónica volvió a ser el blanco de todos.

Y, como era de esperarse, Leticia aprovechó para “lucirse”.

—Ya, por favor, no digan nada. Yo no voy a pelearme con Maribel. Y no hace falta que se disculpe.

Luego se acercó, suave, y la miró.

—Maribel, me da gusto que vinieras. Vamos a divertirnos, ¿sí? Somos compañeros… ya no guardes rencor, ¿sale?

—No —contestó Mónica, fuerte y claro.

Aarón volvió a brincar.

—Maribel, no te pases. Leticia ya se aguantó un montón. Tú vienes atrás de nosotros y todavía…

Mónica lo fulminó con la mirada.

—Yo no discuto con idiotas. ¿Están mal o qué? Ya les dije: no vine con ustedes. Esto es un lugar público. Entro y salgo cuando se me da la gana. Y ustedes ahí, nomás hablando por hablar… qué flojera.

Dijo eso y empujó tantito a Leticia para hacerse espacio.

—Con permiso.

Luego caminó al salón de al lado y cerró la puerta.

Todos se quedaron mudos.

Aarón parpadeó, incrédulo.

—¿Se equivocó de salón o qué? El nuestro es este…

Un compañero ya había captado la cosa.

—Creo que de verdad no venía con nosotros. Ella venía a otra cosa.

—¿Pero cómo entró a ese salón? Si aquí es dificilísimo conseguir…

—Qué oso… los que quedamos como payasos fuimos nosotros, pensando que venía atrás, y ella venía a otra cita.

A Leticia se le endureció el semblante.

No solo no la “dobló”, encima Mónica la dejó mal.

Y peor: se metió al salón de junto. Todo lo que Leticia hizo antes… se veía ridículo.

Aarón alzó la voz, tratando de recuperar control.

Cecilia y Mónica platicaron más de una hora y luego se fueron.

Pero, cuando Cecilia iba saliendo, vio una silueta conocida.

Era el hombre tatuado: Héctor.

La última vez se le escapó en el muelle. Ahora sí no iba a dejar que se fuera.

Cecilia lo siguió sin hacer ruido y lo vio entrar a un salón de lujo.

Entonces buscó un cuarto de empleados. Al entrar, vio un uniforme sobre un casillero.

Se lo puso rápido, y luego sacó de encima una cápsula.

La abrió y sacó lo que había adentro: una máscara de silicona ultrafina.

Era finísima; puesta y con un poco de maquillaje, servía para cambiarse la cara.

Cuando terminó, en el espejo apareció un rostro completamente distinto.

Ya segura, tomó una charola con alcohol y fue al salón.

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