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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 674

—Tía, Cecilia no se murió… y por lo visto ya no se va a morir.

—Qué coraje. Yo pensé que ahí sí se iba a acabar. Si no, ¿por qué crees que ese ingrato de Saúl se atreve a desobedecer tanto a su papá?

Anaís bajó la mirada. Ainhoa estaba furiosa; mejor no decir nada de más.

No fuera a desquitarse con ella.

Ainhoa siempre tenía mal carácter.

Con la única que era medianamente amable era con Irene y con Joaquín; con las demás, ni tantito.

Anaís pensó que le iba a tocar, pero Ainhoa cambió el tono de golpe.

—Anaís, tú sí échale ganas. Con Saúl, tienes que aprovechar cada oportunidad. Ese lugar de señora Rivas no se lo vas a dejar a esa chamaca.

—Sí, tía. Lo haré.

—Y otra cosa: tu papá va a regresar. ¿Ya lo sabías?

Anaís se sorprendió un poco, pero su cara siguió igual.

Negó con la cabeza.

—No, tía. No sabía.

Desde chiquita, Ainhoa la había criado. Cuando Anaís tenía tres años, su papá fue tan frío que su mamá se quebró… y se aventó desde un edificio.

Desde entonces, se quedó sin mamá.

Su papá tampoco se hizo cargo; quizá solo porque era niña.

Ainhoa, en cambio, la vio tan desamparada que la llevó a la casa Rivas y la crió.

Por eso, en el fondo, Anaís siempre la había sentido como si fuera su mamá de verdad.

Pero con el tiempo ya no distinguía si Ainhoa la quería de verdad… o si solo la estaba usando.

Si no la quisiera, ¿por qué la habría llevado con ella desde pequeña, por qué habría gastado tanto en educarla, en formarla como una señorita de sociedad?

Anaís ya no sabía qué pensar.

Leandro se descontroló. Cuando volvió, lo amarraron con una cuerda hasta que se cansó y por fin se tranquilizó.

Valeria, al verlo así, sintió que se le partía el alma.

Antes lo tenía lejos; mientras no lo viera, podía aguantar. Pero ahora lo tenía enfrente… ¿cómo no le iba a doler?

Se echó a llorar, abrazándolo.

—Leandro… ¿qué voy a hacer contigo?

Dalila se acercó.

—Señora, no se ponga así.

—¿Y para qué quiero vivir así? Mejor me lo llevo conmigo y se acabó todo.

Dalila se asustó.

—¡Señora, no diga eso! Si usted hace algo así, esas dos… van a estar felices. No les dé ese gusto. Aguante, cuide su salud. Ya les va a caer su merecido.

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