—Y además, el director Urbina es un paciente con vigilancia especial. Sin autorización de él, no voy a dejar pasar a cualquiera. Compórtese y retírese. Si no, mando a seguridad.
Nuria se quedó fría. No imaginó que la tratarían así.
No haber visto a Lorenzo la dejaba furiosa por dentro.
—Director, creo que hay un malentendido. Yo soy de la familia Galindo. Usted ubica a la familia Galindo, ¿no? —intentó colgarse de eso.
El director ni se inmutó.
—No. Y aunque lo fuera, me da igual. Si no tiene autorización, no entra. Punto.
A Nuria se le descompuso el rostro.
Ya vio que, en territorio ajeno, no podía hacer nada.
Le pasó unos documentos a Yolanda.
—Yolanda, entrégaselos al director Urbina. Si ya se siente mejor, que firme. Los de abajo llevan días presionando por esto.
Yolanda asintió.
Nuria miró a Cecilia, con mala cara.
—Cecilia, ¿tú por qué sigues aquí?
Cecilia no entendía: si Nuria se iba, ¿por qué tenía que llevársela?
Ni siquiera había entrado a ver a Lorenzo.
—Cecilia, ¿no escuchaste? Los que no tienen nada que hacer aquí, se van. Mejor salte conmigo. No vayas a meterte en problemas; luego mi abuela se enoja.
El director se molestó.
A Cecilia sí la conocía: era una cirujana de primera.
Él mismo había estado presente en las cirugías de Saúl y Lorenzo. Lo que hacía con las manos era de otro nivel.
Además… ¿a poco esa mujer quería correr a alguien que, en el fondo, era quien mandaba ahí?
Cecilia no dijo nada, pero el director se le fue encima a Nuria:
—Señorita, ¿ya le quedó claro lo que le dije? ¿O no me expliqué? ¡Lárguese de aquí ya!
Nuria se apresuró a aclarar:
Y se retiró.
—Yolanda, ¿Lorenzo ya despertó?
—Despertó una vez… pero se volvió a dormir. Señorita Galindo, ¿de verdad él está bien?
—Sí. Confía en mí.
—Si al director Urbina le pasa algo, no me lo voy a perdonar nunca. Ese día… si yo no le hubiera hecho caso…
Cecilia frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Yolanda respiró hondo.
—Ese día, al director Urbina le entró una llamada. Le dijeron que fuera a un almacén a verte. Que si él no aparecía, tú te morías. Te usaron para amenazarlo.
—Y le dijeron que no llevara gente y que no llamara a la policía; que tenía que ir solo. Cuando yo me enteré, quise ir con él a fuerzas. Era obvio que era una trampa.
—Pero él tenía miedo por ti. No me dejó acompañarlo. Le rogué, y nada. Se fue solo… Qué terco: sabiendo que había peligro, igual se aventó.

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