Para Miriam, Nadia sí estaba siendo parcial: le caía bien Teresa, y de rebote también Cecilia.
Miriam recogió sus diseños y se fue.
—Miriam, ¿qué te dijo la directora? ¿Sí le preguntaste? —le susurró Marta en privado.
Marta no quería perder el trabajo, por eso le pidió a Miriam que intercediera.
Miriam suspiró.
—Sí le dije, pero no escuchó. Al contrario: me regañó horrible. Mira, hasta mis diseños me los regresó así, aventados. Marta, ya hice lo que pude. De verdad no hay manera.
—Si vas a culpar a alguien, culpa a Teresa y a Cecilia. Están consentidas. Nadia siempre se pone de su lado; a nosotras ni nos toma en cuenta.
Marta la escuchó con una mirada cargada de rencor.
—Sí… Desde que Teresa entró, se notaba que Nadia la trataba distinto. Y a su hermana también la metió ella. Ahora Nadia las protege a las dos. No es justo: aquí fueron dos las que se agarraron, pero a la única que corren es a mí. No lo acepto.
Miriam le dio una palmadita en el hombro.
—No te agüites. Así es la vida. Si ya no estás en Estudio Cobalto, te puedes ir a otra empresa.
—Sí, cómo no —Marta se rió, amarga—. Que me haya corrido Estudio Cobalto ya es una mancha. ¿Tú crees que otra empresa me va a querer? Ya valió mi carrera. Todo por culpa de Cecilia y Teresa. Esto no se va a quedar así.
Al ver el odio en los ojos de Marta, a Miriam se le dibujó una sonrisa de satisfacción.
Mejor así: si Marta no hubiera sido despedida, ¿cómo iba a odiar con tantas ganas a esas dos?
Pronto llegó la hora de salida.
Apenas Cecilia salió del edificio, una moto eléctrica se detuvo frente a ella.
Cecilia volvió a ver esa silueta familiar.
—Súbete, Cici —le dijo Saúl Rivas.
Cecilia lo miró de arriba abajo.
Anaís miró a Saúl y luego a Cecilia.
—Vine por ti. Saúl, regresa conmigo. Con que vuelvas y le pidas perdón al señor, te juro que él te va a perdonar.
Saúl soltó una risita burlona.
—¿Perdón? Si vienes a eso, entonces ya vete. No tengo ganas de regresar.
—¿De veras prefieres quedarte aquí afuera repartiendo comida? Ese trabajo te humilla y deja mal a la familia Rivas. Lo haces solo para hacer enojar a tu papá.
—¿Y? Él me sacó de la empresa, ¿o qué, tampoco puedo buscarme trabajo? Además, ningún trabajo es “bajo”. Yo hago lo que se me da la gana.
Anaís, al ver que no cedía, se desesperó.
—Saúl, ¿es por ella? ¿Por ella vas a tirar a la familia Rivas?
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