Julián, a un lado, soltó:
—Mejor ya déjalo, Darío. Perdiste y ya. No siempre se puede recuperar.
—¡No! ¡Sí lo voy a pedir! —Darío se prendió—. No puede ser que siempre me toque la mala.
Camilo chasqueó los dedos y uno de sus hombres trajo un contrato.
—Darío, léelo bien. Cien millones. ¿Te alcanza? Tres días para pagar, con todo e intereses. Si no, ya sabes.
Darío lo revisó. El interés no estaba tan pasado; comparado con otros prestamistas, hasta parecía “decente”.
Pero… ¿cien millones?
—¿No es demasiado? Yo quería unos cuantos millones, para recuperar en la mesa —preguntó.
Camilo le clavó una mirada filosa.
—Aquí es desde cien millones. ¿O no estás viendo que cobramos menos que los demás?
Eso sí.
Si no, ¿dónde estaría lo bueno?
Darío apretó los dientes, firmó y estampó su huella.
Luego le llevaron varias cajas de efectivo.
—Ahí están los cien millones. Cuídalos.
—Gracias, señor Camilo… ¡muchas gracias!
Cuando Darío se fue, Cecilia salió de detrás de la cortina.
Camilo, el mismo al que todos le tenían terror, en cuanto la vio cambió el tono.
—Jefa, ya quedó. Ese Darío está facilísimo. El que se clava con el juego cae solito. Ándele, prémieme.
Los guaruras de abajo no daban crédito.
¿Ese era su jefe?
¿El Camilo del que todos hablaban?
¿Y estaba casi rogando?
—Jefa, prémieme.
¡Paf!

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