—No inventes. Tú jamás te miras a ti misma. Solo sabes echarle la culpa a los demás.
Noa soltó una risa fría.
—Cuando la familia Valdés estaba arriba, tú fuiste la que vivió a gusto en esa casa… y yo allá en La Franja del Norte, alimentando puercos. Luego cambiamos identidades: tú te volviste señorita Galindo, y a mí me tocó que la familia Valdés se viniera abajo. Cecilia, ¿no eres tú la que siempre sale ganando? ¿Y yo la que siempre paga?
—Noa, hay algo que traes bien torcido. Te lo digo directo: la familia Valdés nunca me trató bien. Tú ni te enteraste de lo que me hicieron de niña.
—Y eso de que la familia Valdés “prosperó” y pasó de ser una empresita a una empresa grande… no fue mérito de ellos. Fui yo la que los empujó desde atrás.
—Y la familia Galindo también levantó por mí. No es que yo “viva a gusto”: es que donde yo estoy, yo hago que el dinero llegue. ¿Entiendes?
Noa apretó los dientes.
—No te creo. ¿Cómo va a ser por ti?
—Claro que sí. En cuanto yo me fui de la familia Valdés, el mismo día que tú regresaste, Grupo Alcántara dejó tirado a Iker Valdés. Se quedó sin salida. Y lo de tus hermanos… uno tras otro… se lo buscaron. Todo eso fue mi plan.
Noa no se lo tragó.
—Ay, sí… ¿y tú vas a controlar a Grupo Alcántara?
—Créelo o no. El verdadero dueño de Grupo Alcántara soy yo. Lorenzo solo trabaja para mí.
Noa se quedó en shock.
Pero, pensándolo bien… todo coincidía.
Apenas habían intercambiado identidades y la familia Valdés se había empezado a hundir.
En su momento creyó que ella era la de mala suerte, mientras Cecilia llegaba con los Galindo y todo les empezaba a ir mejor.
Aun así, no quería aceptarlo.
—¿De qué te ríes? Ahorita las dos estamos aquí. Ninguna es más que la otra.
Cecilia ya no le contestó. Solo pensó que ella había entrado por voluntad propia… y eso la ponía en otra posición, muy distinta a la de Noa.
Al día siguiente.
Antes de que amaneciera, el ruido las despertó.
En la puerta había gente armada apuntándoles, gritándoles que se levantaran y se formaran.
Cecilia y los demás se apuraron a salir. Afuera había un salón enorme.
Los pusieron en filas. Primero vino el sermón del gerente. Todos tiesos, peor que en una instrucción militar.
Alguien pasaba revisando. Si le caías mal, te metía un toletazo con la chicharra, sin pensarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia