De pronto, Claudia se fue directo hacia Leandro y le soltó una cachetada en la cara.
¡Paz!
El golpe sonó seco. Ni Cecilia se lo esperaba.
—¿Qué te pasa, Claudia? —preguntó Cecilia, impactada.
—¿Pues qué? ¡Le pegó a mi novio!
—¿Estás mal? Es tu hermano de sangre. ¿De verdad vale menos que un tipo que conociste hace días?
Claudia alzó la barbilla, desdeñosa.
—Ismael no es “un tipo”. Para mí es la persona que amo. Nos vamos a casar pronto y vamos a ser familia.
Cecilia no se lo creía. Claudia, con todo ese carácter de “a mí nadie me manda”, resultó ser de las que se ciegan por amor.
Quién sabe qué le había hecho Ismael para traerla así, rendida.
—Claudia, sea como sea, es tu hermano. No puedes levantarle la mano —intervino Saúl, acercándose.
Claudia cruzó los brazos, altanera.
—Ay, ustedes dos, no se hagan los buenos. No crean que no me doy cuenta. Mi mamá sí se traga ese cuento; yo no.
Y se llevó a Ismael.
—¿Estás bien? Déjame ver… ¿te lastimó mucho? —Claudia le sostuvo la cara, preocupada.
Ismael se veía hasta fastidiado.
—Estoy bien. Ya, no me estés checando. Soy hombre; esto no es nada.
Recordó cuando antes vio a Cecilia enfrentarse en un callejón a unos tipejos, y pensó que si ella podía ser así, un hombre tenía que aguantar más.
Una heridita no le importaba.
—Oye… ¿tu hermano de verdad está mal? —preguntó Ismael.
—¿Por qué lo preguntas?
Ya se lo imaginaba; nada más no esperaba que fuera tan rápido.
Mateo entró. Al ver a Lorenzo sentado en el sillón de piel, por un instante le pareció ver a esa mujer.
Lorenzo no se parecía en nada a él; tenía por completo la cara de su madre, demasiado llamativa.
Mateo lo despreciaba. Siempre había visto a la madre de Lorenzo como una mujer de mala vida, y jamás sintió cariño por ese hijo.
En su cabeza, los Urbina venían “de buena cuna” desde tiempos antiguos.
¿Y él, un hombre como él, teniendo un hijo con una mujer así?
Cuando le pusieron la prueba de ADN enfrente, se quedó helado. Si no, jamás lo habría creído.
—Señor Urbina —dijo Lorenzo, sonriendo apenas—. ¿A qué debo su visita?
Mateo suspiró.
—Ya me enteré de lo de Iván. Lo dejaste destruido. ¿Sabes lo que significa? Va a pasar el resto de su vida en cama… y ya no va a poder tener hijos.

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