Álvaro sabía que no iba a ser gratis, pero eran cien millones.
—Diga.
—Quiero que Daniel se encargue del diseño y desarrollo de este juego. Nadie lo va a frenar ni a meter mano.
—¿Daniel? ¿El chavo de abajo?
Álvaro lo ubicó apenas.
—Claro, claro. Eso está fácil. Yo también creo que Daniel tiene talento. Lo voy a impulsar.
—Todavía no termino. Y tu sobrino… yo creo que ya no pinta nada aquí.
Álvaro se quedó seco.
—¿Qué? ¿No vas a aceptar?
—No, no… sí. Como usted diga.
Un sobrino no valía ni de chiste lo que valían cien millones.
Lo iba a correr.
Saúl se fue.
Aunque estuvo años fuera de juego, todavía guardaba parte de su fuerza.
Y por Cecilia, la iba a usar.
Cien millones no eran nada si con eso la ayudaba.
—¡Señor Zambrano! ¡Vino Lorenzo Urbina, del Grupo Alcántara! —avisó el asistente apenas Saúl salió.
—¿Qué? ¿Lorenzo? ¡Pásalo ya!
Álvaro estaba vuelto loco.
Se iba un pez gordo y caía otro.
—Señor Zambrano —saludó Lorenzo, entrando con prisa y con su gente detrás.
Álvaro se levantó rápido.
—Señor Urbina… qué sorpresa. ¿Qué lo trae por aquí?
—Vengo a invertir. Cien millones.
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