—Yolanda, sácala de aquí. Ya —ordenó Lorenzo, furioso.
Yolanda cargó a Nuria y la aventó afuera de la oficina.
En el pasillo ya había gente mirando. En cuanto vieron que la sacaban así, todos empezaron a chismear.
—¡Qué vergüenza! ¡La sacaron encuerada!
—Se ve que quería seducir al director Urbina… y la terminó corriendo.
—¡Ja! Se creyó mucho. ¿A poco el director Urbina se iba a fijar en ella?
—Y ella ahí, sintiéndose la favorita… y mira nomás.
—Lo más chistoso es que ni así, desnuda frente a él, le provocó nada.
—Se lo ganó. Se veía bien altiva y resultó ser una cualquiera.
Nuria, al oírlo, supo que ya estaba acabada.
Después de esto, ya no iba a poder levantar la cara.
Menos iba a poder seguir en la empresa.
—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! —sollozó.
En ese momento, Berta salió con una toalla y se la puso encima.
Yolanda también aventó la ropa de Nuria al pasillo.
—Qué poca vergüenza —escupió Yolanda, helada.
Ella era leal a Lorenzo, y además lo admiraba. Detestaba a las mujeres que intentaban metérsele así al director Urbina.
Y eso que Nuria era prima de la señorita Galindo… No le llegaba ni a los talones.
—¿No te da pena? Métete al baño y vístete de una vez —le dijo Berta.
Nuria agarró su ropa y se fue corriendo, llorando.
Berta negó con la cabeza.
—Bueno, bueno, ya. Hoy vine por otra cosa. Quiero que me ayudes.
—¿Con qué?
—Quiero quedarme con Grupo Solano.
Lorenzo la miró.
—¿Y por qué te ayudaría?
—Porque tú dijiste que si tenía broncas, te buscara. Y además… por Cecilia. Por ella sí me echas la mano —Berta le guiñó un ojo.
Lorenzo soltó una risa seca.
—Ni empieces. Si quieres que te ayude, cállate y vete. Da la vuelta y sal.
—Está bien, está bien. Ya vi que andas de malas. No te molesto.
Berta se fue.

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