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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 788

—Mira nada más… hoy sí que está concurrido.

En cuanto la vio, Nuria habló rápido:

—Señorita Claudia, lo de la fiesta fue mi culpa. Vengo a pedirle perdón. Si quiere pegarme o insultarme, aguanto lo que sea. Solo… solo quiero que se le baje el coraje.

Claudia sonrió con burla.

—No pienso ni pegarte ni insultarte. Solo quiero que me pagues los treinta millones del vestido. Y ya. Vete.

Nuria se mordió tanto el labio que le salió sangre.

—Pero… pero no puedo pagarlo… —Lo dijo aun con la vergüenza atorada.

Claudia soltó la carcajada.

—¿Escuchaste, Ismael? Dice que no puede pagar. Por eso lo digo: los de poca monta no deberían andar queriendo aparentar. Y luego vienen aquí a hacerse las víctimas.

Ismael, por quedar bien con su novia, también se burló.

—Exacto. Pedirte treinta millones es lo mínimo. Si te pidiera conseguir uno idéntico, ahí sí no estaríamos hablando de treinta millones.

Nuria apretó los dedos, en silencio, y alzó la mirada.

Ese día era el más oscuro de su vida.

Nunca la habían humillado así.

—Aunque… —Claudia miró a Cecilia y cambió el tono—. Puedes pedirle ayuda a Cecilia, ¿no? Según yo, ustedes son como primas.

—Ah, y cierto: la vez pasada Teresa me arruinó unos zapatos de Estudio Cobalto. Y Cecilia, mira tú, sí consiguió unos iguales para pagármelos. Eran de colección; mucho más caros que esos treinta millones. Si le pides a Cecilia, seguro te consigue un vestido igualito.

Nuria se quedó en shock al voltear a ver a Cecilia. No sabía que pudiera hacer algo así.

Claudia se rio, satisfecha.

—Ya viste. Cecilia te trae a puro “hasta ahí”. Bueno, ya no te me quedes de rodillas aquí, no sea que ordene que te saquen a rastras. Y ve juntando el dinero… aunque sea vendiéndote, me lo vas a pagar.

Ismael la jaló del brazo.

—Claudia, vámonos. ¿No que íbamos a ir de compras? No pierdas el tiempo aquí.

Y los dos se fueron, como si nada.

Cecilia no le hizo caso a Nuria y entró; ese día iba a ver a Leandro.

Nuria se quedó de rodillas, tragándose la vergüenza. Aun así, las lágrimas se le salieron y no las pudo detener; le caían una tras otra.

Ese día, sin duda, fue el más humillante de su vida.

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