A Leticia le dolía horrible.
Una prenda carísima, y ni un día le duró el gusto de presumirla antes de que se la rompieran.
Se le notaba el coraje y la tristeza; no era actuado.
—¿Neta por una falda te pones así? —soltó Mónica con sarcasmo.
—Es que… fue un regalo de cumpleaños de mi mamá. Lo demás da igual, pero esta falda para mí… significa mucho.
Mónica pensó: «Sí, cómo no. Esa falda fue el regalo de mi mamá… cuando yo cumplí dieciséis».
Qué fácil mentía esa mujer.
Aarón se apresuró a defenderla.
—Maribel, ¿qué manera de hablar es esa? Está carísima, claro que le duele. Y encima fue regalo de su mamá. ¿Qué, quieres hacerte la víctima para no pagar?
—Maribel, la neta sí te pasaste. Mejor ya págale. Mira nomás cómo está Leticia.
—Con lo de la cafetería pensé que era buena gente, que sí nos ayudaba… y mira. Resultó bien baja, yendo a romperle la falda a alguien.
—Yo nomás de tocarla me daría miedo. ¡Y ella va y la rompe!
—¡Que pague! ¡Que pague!
Mónica los barrió con la mirada, con desprecio.
—Va, pago. Pero cuánto cuesta no lo van a decidir ustedes a puro hocico. Leticia, enséñame el ticket y te pago lo que sea.
Leticia se quedó congelada.
¿Ticket? No tenía.
Esa falda…
—Leticia, saca tu celular y enséñaselo. Me hierve la sangre. Te dañó la ropa y todavía se pone al brinco. Quiero verla tragarse sus palabras —dijo Aarón, indignado.
A Mónica le dio risa.
Leticia volvió a trabarse.
—Mi mamá fue la que la compró… el registro lo tiene ella, yo no.
—Pues márcale y que te mande captura —propuso alguien, y varios se sumaron.
Leticia ni de broma se iba a atrever.
—¿Cómo? ¿Ni ticket ni registro? Entonces… ¿esa falda es robada? —preguntó Mónica, divertida.
Aarón se puso peor.
—¡Maribel, no digas tonterías! Leticia tiene lana, ¿cómo va a robar una falda? Ya verás cuando aparezca el registro, te va a salir carísimo.

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