—¿Los conoces? —preguntó Cecilia.
—Justo hoy venía a contarte algo que me dio mucha risa… y mira nada más: aquí andan los protagonistas. Qué casualidad.
Cecilia le contó que Leticia era hija de Matías, y Mónica se atacó de risa.
Cecilia, en cambio, estaba tranquila.
—¿No está de chiste? Se pone mi ropa, viene a presumírmela en la cara… y todavía me quería cobrar.
Cecilia sonrió y negó con la cabeza.
Saúl, al ver que estaban tan a gusto platicando, justo recibió un asunto de Dante y se fue primero.
—Por fin se fue. Oye, ¿y si después de comer nos damos una vuelta por el centro comercial? —propuso Mónica.
Tenían rato sin ir juntas.
—Por cierto, ¿te acuerdas de la pareja que te estafó la vez pasada? Ya los agarró la policía. Son reincidentes; no solo te estafaron a ti, también a varias chavas. Nomás que ellas no tuvieron tu suerte.
A una chava la engañaron igual: la mujer se hizo pasar por embarazada y la llevó a la casa. Como la chava estaba en sus días, el hombre no la tocó.
Se enojó… y la estranguló. Luego la descuartizó y la guardó en un congelador.
Por eso, cuando entraron y vieron lo que había en el congelador, sí era… restos humanos.
—Qué asco. A esa gente deberían darle cadena perpetua —dijo Mónica, furiosa.
—De ahí no se salvan. Al menos, ya se hizo justicia por ti.
—Bueno, ya. Qué gusto. Hoy andamos de buenas, no hablemos de eso. Vamos abajo a ver tiendas —propuso Mónica.
—Va.
Era un centro comercial: ese piso era de restaurantes y abajo estaban las tiendas.
Mónica entró a una tienda de bolsas.
—Cecilia, mira esa bolsa, está bien bonita. Desde que ando “de incógnita” de pasante en la empresa, ya ni he comprado bolsas.
Mónica tomó una y no la soltaba.
—Maribel, si no te alcanza, ni vengas a estos lugares. ¿Sabes qué tienda es? Son bolsas DJ. ¿O creías que eran de las de “baratito”?
—¿Estás idiota o qué, Aarón?
—La que está mal eres tú: no te alcanza para jugarle a la princesa y aun así te pones tus moños. En la mañana rompiste el vestido de Leticia y ahora vienes a estorbar aquí. Ya deja de hacerles perder el tiempo: ni te quieren atender, ¿no lo notas?
En eso, la vendedora se puso de inmediato toda amable con Aarón y Leticia.
Leticia venía vestida de pies a cabeza con marcas; se notaba al instante.
Mónica soltó una risa por dentro. ¿Y qué? Esa ropa igual era usada.
—Hola. Quiero una bolsa como esa, la que ella tiene en la mano —dijo Leticia.
La vendedora miró directo la bolsa que tenía Mónica.
—A ver, pásala. Si no la vas a comprar, no la estés agarrando. Me estás quitando tiempo.
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