Además, Saúl ya estaba bien. Tarde o temprano iba a volver con los Rivas.
Y los Rivas eran de las familias más pesadas de Ciudad de San Martín; los Valdés no les llegaban ni de chiste.
Nomás de imaginar que Cecilia se iba a casar con los Rivas, a Noa se le revolvía el estómago del coraje.
¡Sentía que otra vez se le había ido una oportunidad de oro!
Comparado con los Rivas, ¿qué era Ismael, ese desgraciado?
¡Ni a los talones le llegaba a Saúl!
¡Qué injusticia!
Mientras más lo pensaba, más se encendía Noa; ya estaba al borde de la desesperación.
—Noa, ¿qué haces aquí? Todavía no te recuperas. ¿Cómo se te ocurre andar caminando? —Clara se acercó y la vio ida, con la mirada perdida.
Le preocupó muchísimo.
Ya en el cuarto, Clara volvió a preguntarle qué tenía.
—Mamá… hace rato… vi a Cecilia.
—¿Y para qué mencionas a esa desgraciada? ¡Tú eres mi hija!
—Mamá, no es eso. Lo que pasa es que su prometido ya está bien… o sea, Saúl Rivas. ¡Ya está como si nada!
—¿Estás segura de que no te equivocaste?
—No. Era él. No entiendo cómo, en solo medio año, ya está de pie. Mamá, si en su momento no hubiéramos cambiado el compromiso, entonces… ¡Saúl debería ser mío! ¡Y yo no habría terminado con Ismael, ese imbécil!
De pronto, Noa sintió como si alguien le hubiera robado algo que era suyo.
—Sí… si no hubiéramos cambiado el compromiso… Al final, Saúl es de los Rivas. Si aprovechábamos para acercarnos a ellos, los Valdés no estaríamos dejando que los Salinas nos traigan de encargo… —murmuró Clara.
Pero ya era demasiado tarde.
En eso, el celular de Clara sonó de golpe.
—¡Mamá, estamos en problemas! A Darío le dio por pedir dinero con gente pesada… ¡y ya vinieron a cobrar! Papá no ha regresado. ¡Vente rápido! ¡Vienen bien violentos! —era Bruno.
Clara se quedó helada, entre el susto y el pánico.
¿En qué momento Darío se metió con eso?
¿Y desde cuándo a los Valdés les faltaba dinero para él?
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