¡Plaf!
El sonido de la bofetada resonó en el aire. Lorenzo la había golpeado.
Todos contuvieron el aliento; nadie se atrevía a ofender a un hombre tan poderoso.
Lorenzo barrió el lugar con una mirada afilada.
—Hoy les voy a dejar algo muy en claro: la señorita Galindo y yo no tenemos nada que esconder. Ella jamás se me insinuó. Es mi salvadora, ¡y todo lo que tengo hoy es gracias a ella!
Los presentes no podían creer lo que estaban escuchando.
¿De qué diablos estaba hablando Lorenzo?
¿Cecilia, su salvadora?
—En otras palabras, ella es la verdadera dueña de Grupo Alcántara. Yo solo soy un empleado más que trabaja para ella. Son un atajo de idiotas. ¡Que la familia Galindo haya caído tan bajo es exactamente lo que se merecen!
Las caras de Facundo, Patricio y sus respectivas familias se descompusieron por completo.
Se miraron unos a otros, incapaces de procesar la información.
¡La dueña de Grupo Alcántara era Cecilia!
—Señor Urbina... ¿es verdad lo que está diciendo? —La abuela apenas lograba articular la pregunta.
—¿Y para qué iba a mentirles? ¿Por qué creen que asistí a su cumpleaños de ochenta años? Fue únicamente por respeto a mi jefa. Si no hubieran sido tan injustos y parciales, su familia no estaría en la ruina.
La abuela dio un traspié, a punto de perder el equilibrio.
Miró a Cecilia una vez más y dio un paso al frente, con la intención de decir algo.
—Cecilia...
Pero ella la cortó en seco:
Había vivido casi un siglo, juzgado a incontables personas, y se había equivocado rotundamente con su propia nieta.
Ahora, la ruptura con Cecilia era definitiva. Ya no había vuelta atrás.
Lo que la familia Galindo había perdido esa noche... era incalculable.
***
—Lorenzo, ¿qué haces aquí? —preguntó Cecilia una vez afuera.
—Supe que venías con los Galindo y me imaginé que habría problemas, así que te seguí. Jefa, esa gente no deja de joderte, ¿quieres que me encargue? Puedo llevarlos a la quiebra y hacer que los echen de Ciudad de San Martín.
—No es necesario. Por la poca sangre que compartimos, no seré tan despiadada. Mis tíos Facundo y Patricio son unos inútiles para los negocios; no saben dirigir una empresa. Sería un milagro que lograran mantener a flote lo poco que queda. Lástima que el abuelo murió tan pronto... esos idiotas ya casi se acabaron su legado. La quiebra es solo cuestión de tiempo. No ensuciemos nuestras manos; no vale la pena que nos tachen de crueles por ellos.
—De acuerdo, jefa. ¡Lo que tú digas! —respondió Lorenzo, mirándola con devoción.
Sus ojos brillaban con una admiración innegable.

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