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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 820

Sin embargo, nadie jamás sabría de esto. Era un oficio que no podía salir a la luz, donde el riesgo de muerte era constante.

Para no arrastrar a sus familias al peligro, intentaban ocultar todos sus rastros.

Por el bien mayor, Ramiro había abandonado a su propia familia.

Aunque a los ojos de los suyos fuera un mal hijo por no cumplir con sus deberes y responsabilidades, Cecilia sabía perfectamente que él era un héroe con voluntad de acero.

—Zacarías, ¿crees que algún día volveremos a vivir esos tiempos? —preguntó Cecilia.

—Tal vez... —respondió Zacarías sin mucha certeza.

Tras la traición de Lobo y la muerte de Zorro, su identidad había quedado expuesta en el extranjero.

Por eso, los altos mandos les ordenaron retirarse temporalmente de la organización y, dada su situación actual, no les habían asignado ninguna otra misión.

Podría decirse que ahora habían regresado por completo a la vida civil.

—Jefa, estás ebria. —Zacarías miró a la chica sentada a su lado.

Cecilia tenía las mejillas rojas y se había recostado sobre el pasto.

Aunque se habían inyectado la droga que Cecilia desarrolló, la cual les daba una altísima tolerancia al alcohol, cuando el espíritu humano se quiebra, la embriaguez termina haciéndose presente.

Recordar el pasado llenaba el corazón de Cecilia de un profundo dolor, y al intentar adormecer sus sentimientos con el alcohol, había terminado un poco borracha.

—¡Jefa, te llevaré a casa!

Zacarías la subió a su espalda, pero apenas había dado un par de pasos cuando se encontraron de frente con Saúl.

—Déjamela a mí —ordenó Saúl con tono neutro.

Zacarías no dijo nada y le entregó a Cecilia.

Saúl la tomó en brazos y se alejó del lugar.

Llevó a Cecilia de vuelta a su departamento.

Tras asearla un poco, la recostó en la cama y la cubrió bien con la cobija.

Él, en cambio, salió al balcón y se quedó fumando en silencio bajo la luz de la luna, dejando que las colillas se acumularan en el suelo una tras otra.

No fue sino hasta las dos de la madrugada que Saúl entró, se lavó un poco y se acostó junto a ella.

Extendió el brazo para abrazarla, le dio un suave beso en la frente y se quedó dormido aferrado a ella.

Al día siguiente.

Cecilia asintió.

Si no lograba matar a Lobo, tendría pesadillas por el resto de su vida.

¡Lo que más odiaba en el mundo eran los traidores!

No podía aceptar que Ramiro hubiera muerto en vano.

Él pudo haber tenido la oportunidad de regresar con su familia, igual que ella y Zacarías.

Si hubiera vuelto, Martina y su madre no habrían tenido que soportar que las humillaran.

Su familia había sufrido demasiado.

—Tranquila, cariño, todo eso ya quedó atrás —la consoló Saúl.

—¿Y qué hay de ti? ¿Qué te pasó?

Saúl esbozó una sonrisa.

—No me pasa nada, estoy muy bien.

—No me mientas. ¿Crees que no vi todas esas colillas en el balcón? ¿No te he dicho que fumar hace daño? Si anoche fumaste tanto, seguro es porque algo te preocupa. Yo ya te conté todo, así que ni se te ocurra ocultarme nada.

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