Mónica se bajó del coche a toda prisa para revisar.
¡Una grúa estaba a punto de llevarse un Ferrari chocado!
—¡A ver, esperen, esperen! ¿Qué demonios pasó aquí? ¿Por qué está chocado el carro? —preguntó Mónica.
Uno de los trabajadores se acercó y le respondió:
—Señorita Mónica, qué bueno que llegó. La señorita Leticia metió a un montón de gente que hizo un verdadero desmadre, no exagero. Y para colmo, se atrevieron a sacar el coche que le regaló el patrón... mire nomás cómo lo dejaron.
—¿Que Leticia metió gente a la casa? —Mónica abrió los ojos de par en par.
Ella pensaba que Leticia había invitado a la gente a su propia casa.
¡¿Con qué cara los llevaba a la casa de la familia Fonseca?!
—¿Pero cómo? ¿Qué hace Leticia en mi casa?
—Señorita Mónica, desde que la señorita Leticia se mudó a Ciudad de San Martín, su mamá le dio permiso de quedarse a vivir aquí para que don Matías la pudiera atender mejor.
Mónica se quedó sin palabras.
¡Resulta que la muy cínica estaba usando su casa para presumir!
¿Por qué su mamá no le había avisado que Leticia vivía con ellos?
¡Si lo hubiera sabido, jamás se habría quedado a trabajar horas extras, hubiera venido directo a callarle la boca!
—¿Y don Matías no les puso un alto?
—Quiso detenerla, pero... se le salió de las manos —explicó el trabajador—. La señorita Leticia es muy terca y él no supo cómo controlarla.
—¡Ah, caray! ¡Pues me toca a mí ponerla en su lugar!
Mónica ya no aguantaba el coraje.
Una cosa era que se diera ínfulas de grandeza en la oficina, pero traer a sus amigos a hacer un desastre en su propia casa era cruzar la línea.
Y para colmo, ¡habían destrozado su coche!
—Ya revisé el garaje. Solo dejaron un poco de basura tirada, pero los demás autos están bien —se acercó Zacarías a informar.
Unos grababan con sus celulares, otros bailaban, como si hubieran rentado un antro.
Algunos, con cero educación, andaban parados sobre los sillones con todo y zapatos.
¡Qué insolencia! ¿Acaso creían que estaban en un bar de mala muerte?
Y en el centro de todo, Leticia brillaba rodeada de halagos, sintiéndose la dueña del universo.
—¡Basta! ¡¿Se puede saber qué demonios hacen aquí?! —gritó Mónica a todo pulmón.
Todos la voltearon a ver, sorprendidos de verla ahí.
Especialmente Aarón, quien se acercó con una sonrisa burlona.
—¡Órale! ¿Qué haces aquí, Maribel? ¿No que te creías mucho y no ibas a venir? ¿Y entraste así, a escondidas? ¡Qué hipócrita saliste!
—¡Tú cállate la boca, Aarón! Te aviso de una vez que esta es mi casa y entro y salgo cuando se me dé la gana. ¡A ti qué te importa! Es más, ¡lárgate de aquí ahora mismo!
—Uy, parece que no te has tomado tus pastillas. Primero dices que el vestido de Leticia es tuyo y ahora sales con que la mansión Fonseca es de tu propiedad. ¡Estás mal de la cabeza, de plano enloqueciste!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia