Beatriz sintió que le latía la sien.
El malentendido era monumental.
Si Karina llegaba a pensar que ella usaba su puesto para acosar a sus subordinados o, peor aún, que andaba de coqueta con el asistente de la junta directiva...
¿Dónde iba a meter la cara?
Y lo más importante: esa pulsera tenía ese significado.
¿Qué implicaba que ella la tuviera?
—No, no, no.
Beatriz caminó de un lado a otro de la oficina y de pronto se le iluminó el foco.
—Tranquilo, tengo un plan.
Agarró su celular de inmediato y llamó a Olivia Acosta.
En cuanto contestaron, Beatriz habló atropelladamente:
—La señora Leyva vino hoy a la empresa. La veo muy bien, con buen ánimo.
—¿Cuándo puedes venir? Vamos a organizar una cena con la señora Leyva, invitemos también a Belén.
Al escuchar eso, Olivia se emocionó muchísimo:
—¡Qué bueno! ¡Por fin regresó la señora Leyva! Termino lo que estoy haciendo y voy para allá ahorita mismo.
—Por cierto —agregó Beatriz cambiando el tono—, acuérdate de ponerte esa pulsera de conchas que te dio Hugo la otra vez. A la señora Leyva le va a dar gusto verla.
Olivia no sospechó nada y respondió:
—Sale, cuenta con ello.
Beatriz colgó y, sin pausa alguna, marcó el número de Belén.
Le dio exactamente las mismas instrucciones.
Hugo se quedó ahí parado escuchando, y poco a poco se le fue frunciendo el ceño.
Viendo la urgencia de Beatriz por deslindarse de cualquier relación con él...
Sintió como si algo se le atorara en el pecho; un sabor amargo.
¿Tan repelente le resultaba?
¿Tanto asco le daba que, aunque fuera por error, los relacionaran como pareja?
Hugo apretó ligeramente el puño que tenía al costado y tragó saliva.
Pero al final no dijo nada.
Guardó todas sus emociones en lo más profundo de su mirada.
—Perfecto.
Forzó una sonrisa tensa, de esas de cortesía profesional que parecen muecas.
—La señorita Beatriz piensa en todo.

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