Entrar Via

Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1068

Al mismo tiempo, en la entrada de la casa.

Brillaba un sol espléndido.

Lázaro cargó a Manu fuera de la camioneta con un solo brazo y lo sentó sobre él.

En ese instante, sintió como si algo le llamara la atención.

Giró la cabeza instintivamente y clavó una mirada afilada en aquel taxi que había frenado de golpe en la calle principal.

Era mediodía y el sol pegaba fuerte.

Los rayos rebotaban de lleno en el medallón trasero del taxi, creando un reflejo cegador.

Era imposible distinguir a la persona que iba adentro.

Lázaro entrecerró los ojos y, poco después, desvió la vista.

No era raro que en una zona como Privadas del Lago hubiera turistas despistados o taxis que se hubieran perdido.

—Ma... mamá...

Cerca de su oído sonó la voz tierna de Manu.

El pequeño, apoyado en el hombro de Lázaro, mantenía sus enormes ojos oscuros clavados en la dirección hacia la que se alejaba el taxi.

Lázaro se tensó de golpe y siguió la mirada de su hijo.

El vehículo ya había doblado la esquina del viejo edificio y había desaparecido.

Lázaro levantó la mano para acariciarle la cabecita.

—¿Otra vez extrañas a mamá?

Pero el chiquillo hizo un puchero y frunció el ceño con profunda molestia.

Empezó a sacudirse entre los brazos de su padre, pataleando con sus cortas piernitas.

—¡No! ¡A... abajo!

Por miedo a lastimarlo, Lázaro tuvo que inclinarse y bajarlo al suelo.

En cuanto sus piececitos tocaron el suelo, Manu echó a correr a tropezones hacia la calle principal.

Mientras corría, estiraba sus manitas, como si quisiera atrapar el aire.

—¡Mamá! ¡Mamá!

El corazón de Lázaro dio un vuelco, alargó las piernas y en dos zancadas lo alcanzó.

—¡Manu!

Justo en la intersección, atrapó a su hijo antes de que se cayera de bruces.

Manu, respirando con dificultad, se quedó viendo la calle vacía.

Ya no quedaba ni rastro de ese carro.

El niño se quedó paralizado un par de segundos.

Y de pronto, se sentó de sentón en el piso.

Y rompió en un llanto estruendoso.

Sus gritos desgarradores hicieron trizas la tranquilidad que rodeaba la casa.

Lloraba con un sentimiento real; las lágrimas le escurrían sin parar por las mejillas.

Y al parecer, aquel llanto era contagioso.

Gisi, que iba de la mano de Yolanda Sierra, vio que su hermanito estaba llorando.

Aunque no entendía por qué, la niña también se sintió muy triste.

Corrió hacia él con sus pasitos cortos y se sentó al lado de su hermano.

Y empezó a berrear con todas sus fuerzas.

En cuestión de segundos, los dos chiquillos tenían un escándalo bárbaro, llorando a gritos como si quisieran que el cielo se les viniera encima.

Capítulo 1068 1

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador