Afuera de la sala de cuidados intensivos.
Al ver a Belén inclinarse para besar la frente de Mario, Karina sonrió con los ojos empañados.
Giró el rostro, jaló suavemente el dedo meñique de Lázaro y murmuró:
—Vámonos, no seamos mal tercio.
Lázaro apartó la vista, tomó la pequeña mano de Karina envolviéndola por completo y la apretó con firmeza.
—De acuerdo.
Ambos regresaron a la sala de descanso.
Apenas se cerró la puerta, Karina enredó sus brazos en el cuello de Lázaro, levantó el rostro y lo miró con un brillo pícaro en los ojos:
—¿Ya estás más tranquilo? No te decepcionó como miembro de tu equipo.
Lázaro la tomó por la cintura, bajó la mirada hacia la mujer en sus brazos y su expresión se suavizó por completo.
—Mmm.
Su voz era profunda y denotaba orgullo:
—No solo es un buen compañero, también es un buen esposo.
Los ojos de Karina se movieron de un lado a otro y sus dedos comenzaron a trazar círculos inquietos en la nuca de Lázaro, justo donde nacía su cabello.
—Ya que Mario, siendo un buen esposo, te deja tranquilo...
Se acercó a su oído, y su aliento cálido rozó intencionalmente la oreja de él.
—Y tú, mi buen esposo, ¿cuándo vas a cumplir con tus deberes maritales?
Lázaro se quedó pasmado por un segundo.
—¿Mis deberes?
Frunció levemente el ceño, como si estuviera pensando seriamente de qué nueva táctica militar le estaba hablando.
Pero cuando su mirada se cruzó con la evidente provocación en los ojos de Karina, sus instintos masculinos le hicieron entender todo al instante.
Un fuego oscuro se encendió en sus ojos.
Se inclinó, la tomó por detrás de las rodillas y la levantó en vilo.
Karina quedó con las piernas envueltas alrededor de su cintura firme.
Las grandes manos de Lázaro sostenían sus caderas; la apoyó contra la puerta como si cargara a un niño y la miró con una intensidad que parecía fundirla.
—¿Tan impaciente estás?
Él levantó ligeramente el rostro, rozando su nariz con la de ella, y su respiración se volvió pesada y ardiente.
Las orejas de Karina se pusieron rojas de inmediato.
Aunque era valiente para provocarlo con palabras, a la hora de llegar a la acción, la arrolladora presencia de aquel hombre la intimidaba por completo.
Era peligroso, pero al mismo tiempo la impulsaba a querer acercarse y perderse en él.
—¿Quién... quién está impaciente...?
—Es que no dejabas de preocuparte por Mario, y temía que si te aguantabas más, te ibas a enfermar.
—Para recompensar a mi gran héroe, tuve que tomar la iniciativa.
—Pero...
Se armó de valor; deslizó la mano desde el hombro de Lázaro hasta su tenso abdomen y empezó a dibujar pequeños círculos con las yemas de los dedos:
—Considerando que el Capitán Lázaro está herido, no es conveniente que haga movimientos bruscos.
—Esta vez no tienes que esforzarte, yo te ayudo.
La respiración de Lázaro se aceleró de golpe.
Clavó su mirada en la mujer que tenía enfrente.

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