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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1220

—Kari...

Lázaro se dio cuenta de que se había equivocado al hablar, y de la peor manera posible.

Algo torpe, aflojó un poco el agarre en su brazo, pero sin soltarla por completo, y se apresuró a explicar:

—No quise decir eso... Solo pienso que no confías en mí lo suficiente.

—¿Le crees a Santiago con los ojos cerrados? Él dice que te engañé, ¿y tú lo das por hecho?

—Ni siquiera me dejas explicarte; al verme, lo primero que haces es reclamarme enojada. Parece que le crees más a ese extraño que a mí.

Esas palabras no consolaron a Karina en lo absoluto.

A esas alturas, él aún creía que era una cuestión de confianza y que la culpa la tenían otros.

Un profundo sentimiento de impotencia la invadió; no tenía fuerzas ni para discutir.

De pronto, Karina no quiso decir nada más.

Bajó la mirada y fue quitando, uno a uno, los dedos que la sostenían del brazo.

—Lázaro, suéltame.

—Tomémonos un momento para calmar las cosas.

—Tengo un seminario en la tarde, y no quiero que esto arruine mi estado de ánimo.

Dicho esto, se libró por fin de su agarre y se dirigió a la puerta.

—¡No!

Lázaro no estaba dispuesto a dejarla ir.

Sentía que, si se marchaba, su relación estaría terminada.

La abrazó por detrás, encerrándola entre sus brazos, y dijo con voz urgente y profunda:

—¡Pero tú ya arruinaste el mío!

—Karina, me dejaste con los sentimientos revueltos, ¿y ahora simplemente te vas?

—¡Incluso si hoy no logro contratar a nadie, tengo que dejarte las cosas claras!

Le susurró al oído con desesperación y obstinación:

—¡Mónica es solo como una hermana para mí! Ella es la mujer que le gustaba a mi hermano Boris; solo siento culpa y responsabilidad hacia ella, ¡jamás la vería de otra forma!

—Pero quiero que confíes más en mí... ¡Soy tu esposo! ¡Nunca te he mentido, nunca te he engañado, y jamás lo haré!

Las lágrimas de Karina cayeron en silencio, rodaron por sus mejillas hasta alcanzar sus labios, dejándole un sabor muy amargo.

Su mente era un caos, como si miles de hilos la apretaran hasta asfixiarla.

Respiró profundo, obligándose a calmarse.

Ella era Karina Leyva; había regresado de la muerte y no podía permitir que, como en su vida pasada, sus sentimientos la consumieran hasta dejarla en la miseria.

—Lázaro.

Suspiró. Su voz reflejaba su inmenso cansancio:

—¿Podemos tratar de ser sensatos por ahora?

—La empresa JS necesita talentos con urgencia. Puesto que ya estás aquí, no pierdas el tiempo conmigo.

—Cualquier cosa que quieras decir... déjalo para después del trabajo.

Al escuchar su tono frío y completamente formal, el pánico de Lázaro aumentó.

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