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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 220

Dentro del baño, el hombre que estaba subiendo sus pantalones se detuvo de golpe. Los músculos de su cintura y abdomen se tensaron como si fueran cuerdas a punto de romperse.

Sus ojos oscuros brillaron un instante. Luego, sin prisa, volvió a sentarse en el inodoro.

Enseguida, bajó la voz a propósito, forzando un tono débil y rasposo.

—…El brazo… de repente no me responde.

Karina empujó la puerta del baño con fuerza.

Pero al ver lo que había adentro, se quedó petrificada.

El hombre estaba sentado en el inodoro, con los pantalones bajados hasta las rodillas. Sus piernas musculosas y rectas quedaban completamente al descubierto, sin nada que las cubriera.

Karina se dio la vuelta de inmediato. El calor le subió al rostro en un segundo, tanto que hasta las orejas parecían arder.

Lázaro la miró, notando lo rojas que estaban sus pequeñas orejas, y alzó una ceja con desparpajo.

Sebastián siempre decía que un hombre debía mostrarse vulnerable de vez en cuando para acercarse más a su pareja.

En su momento, Lázaro pensó que ese consejo era de lo más ridículo.

Pero ahora, al ver la reacción de Karina, de repente todo le pareció muy natural… incluso llegó a pensar que se veía adorable.

Karina intentó que su voz sonara lo más normal posible:

—¿Y… qué te pasó entonces?

La voz débil y ronca del hombre volvió a escucharse:

—Parece que también me lastimé el brazo… No tengo fuerza. Los pantalones… ¿por qué no me ayudas a subirlos?

—…

¿Cómo se supone que debía ayudar con eso?

Por dentro, Karina sentía que iba a perder la cabeza, pero aun así, resignada, se acercó de espaldas.

Cerró los ojos y estiró la mano a tientas, buscando el pantalón, pero sus dedos acabaron tocando la piel cálida y firme de la pierna de Lázaro.

¡¡¡

Karina saltó como si le hubiera pasado corriente, y estuvo a punto de retirar la mano de inmediato.

Pero en ese instante, Lázaro la sujetó de la muñeca, obligándola a poner la mano justo en la cintura de sus pantalones.

Karina se quedó en shock.

¿No que no tenía fuerza? ¡Tenía bastante!

Antes de que pudiera reaccionar, Lázaro la jaló y terminó sentada de golpe sobre su muslo.

El pecho del hombre quedó pegado a su espalda. Su respiración profunda y cálida le acarició el cuello, haciéndola estremecer.

Lázaro la miró, viendo cómo temblaban sus pestañas como si fuera un venado asustado, y soltó una risa baja y ronca.

—Ya me has tocado por todos lados. ¿Y ahora te pones nerviosa?

—¿Q-quién está nerviosa? —reviró Karina, con la voz tensa—. ¡Solo no quiero que me salga un orzuelo!

Lázaro arqueó una ceja y su aliento ardiente casi le quemaba la oreja.

—Soy tu esposo. Si mirar a tu propio esposo causara orzuelos, todas las mujeres del mundo estarían ciegas.

Karina no supo ni qué contestar ante semejante barbaridad. La cara se le encendió más todavía.

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