Al mismo tiempo, en el aeropuerto privado.
El viento nocturno aullaba, levantando remolinos de polvo en la pista. El motor de un jet Gulfstream G650 rugía con un zumbido grave mientras se preparaba para despegar.
Gonzalo corría jadeando hacia el avión, aferrado con fuerza a un maletín de metal. Su cara, deformada por la mezcla de codicia y miedo, reflejaba la desesperación de quien lo ha apostado todo.
Dentro de ese maletín llevaba toda su fortuna hecha líquida durante los últimos meses.
Y también la memoria USB que, según él, le aseguraría una vida sin preocupaciones y la oportunidad de volver a empezar desde cero.
Sabrina lo esperaba justo al pie de la escalerilla del avión privado. Llevaba un vestido largo color vino que resaltaba cada curva de su figura, imponente y helada bajo el viento de la noche.
Seis hombres corpulentos la flanqueaban, parados como estatuas, con una presencia tan amenazante que nadie se atrevía a acercarse.
—¡Ya tengo la información clave! —Gonzalo llegó hasta ella, apretando aún más el maletín—. ¡Rápido, tenemos que irnos!
Sabrina clavó la mirada en el maletín que Gonzalo protegía con tanto celo.
—Entrégame eso primero.
Por un instante, los ojos de Gonzalo se llenaron de desconfianza.
—Ni pensarlo —retrocedió un paso—. Cuando lleguemos a la oficina en el extranjero, te lo doy. Ahora no puedo.
Sabrina torció la boca en una mueca burlona.
Este imbécil todavía se atrevía a desconfiar de ella.
No importaba. Al final, lo importante era tener la información. Ya habría tiempo de deshacerse de él cuando la compañía estuviera completamente bajo su control.
—Está bien, sube ya —le respondió con fastidio, haciéndose a un lado.
Pero en cuanto dieron la vuelta para subir...
—¡Pum!
Una bala impactó justo frente a los pies de Gonzalo, levantando chispas que iluminaron la noche.
—¡Ah!
Gonzalo se desplomó, paralizado por el pánico. Cayó al piso de mala manera y soltó el maletín, que rodó hasta estrellarse contra la dura pista con un fuerte golpe. El metal se partió, dejando una gran grieta.
En un instante, decenas de diamantes cortados a la perfección y piedras preciosas de todos los colores rodaron por el suelo.
Bajo la luz de los reflectores del aeropuerto, las gemas destellaban con una belleza que mareaba.
El efectivo era demasiado riesgoso, así que Gonzalo había convertido toda su fortuna en joyas fáciles de ocultar y transportar.
Cada piedra valía millones.
Gonzalo, fuera de sí, se lanzó a recogerlas.
—¡Muévete! ¡Ven conmigo!
Con los ojos enrojecidos, Gonzalo aún intentó alcanzar un enorme zafiro que había quedado cerca de su pie.
Sabrina, harta de su codicia, le rugió al oído:
—¿Quieres salir vivo de aquí o prefieres morir abrazado a toda esta porquería?
La amenaza fue suficiente. El miedo a morir terminó derrotando su avaricia.
Apretando el maletín roto contra el pecho, Gonzalo se levantó como pudo y corrió tras Sabrina hacia el avión.
Pero justo al poner la mano sobre la barandilla de la escalerilla...
—¡Pum!
Una bala le atravesó la mano con precisión milimétrica.
—¡Aaaah!
El alarido de Gonzalo desgarró la noche. El dolor lo hizo perder la fuerza, soltando el maletín que se estrelló en el suelo y se rompió en pedazos.
Las joyas y diamantes se esparcieron por toda la pista, como un tesoro maldito bajo las luces del aeropuerto.

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