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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 371

—¡Pum, pum, pum!

Las ráfagas de fuego salían disparadas desde la oscuridad, cortando el aire y obligando a los mercenarios de Sabrina a resguardarse detrás de los carros.

Varios de ellos reaccionaron al instante, usando la carrocería como escudo y devolviendo los disparos.

No muy lejos, tras una camioneta blindada, se movían siluetas ágiles, coordinándose con una precisión que solo da la experiencia. Su fuego era implacable, como si hubieran entrenado toda la vida juntos.

En cuestión de segundos, tanto el avión privado, valuado en millones de pesos, como los jeeps blindados, quedaron acribillados, llenos de agujeros por los impactos. Chispas saltaban de la chapa, como si fuera una tormenta de fuegos artificiales.

—¡Aaahh! ¡Mi mano, mi mano!

Gonzalo rodaba en el suelo, aferrado a su mano derecha, empapada en sangre, gritando como si lo estuvieran matando.

Sabrina ni siquiera lo volteó a ver.

Su mirada estaba fija en las joyas y diamantes esparcidos por el suelo.

Entre tanto brillo, unos pequeños dispositivos USB de color negro destacaban como una mancha en medio del oro.

¡Eso era lo que buscaba!

Aprovechando un momento de pausa en la balacera, se lanzó de bruces, recogiendo los USB con una sola mano y apretándolos tan fuerte que le temblaban los dedos.

Ya no tenía oportunidad de subir por la escalerilla del avión.

Sin pensarlo dos veces, Sabrina rodó y se arrastró hasta quedar oculta detrás de una de las llantas del avión.

—¡Sabrina! ¡Sabrina!

Gonzalo, sin importarle los tesoros tirados, corrió tras ella, cubriéndose la mano sangrante y con la cara desencajada por el dolor y el miedo.

—¿Y ahora qué vamos a hacer? ¿Crees que todavía podamos escapar? —balbuceó, la voz hecha trizas.

Sabrina lo miró con una furia contenida, como si verlo le sacara lo peor. Sentía que toda la rabia le subía hasta la cabeza, a punto de estallar.

—¡Eres un inútil! ¿Y ahora vienes a preguntarme a mí? ¡Hoy no salimos de aquí! ¡Y todo por tu culpa, pedazo de imbécil! ¡Ahora hasta yo estoy en la mira por tu culpa!

Gonzalo, desesperado, se aferró al dobladillo del vestido elegante de Sabrina, suplicando como nunca.

—¡No! ¡Tienes que sacarme del país!

El miedo le deformaba la cara.

—¡En dos días es la audiencia! Si no me voy, me encierran, Sabrina, y me pudro en la cárcel para siempre...

Sabrina apretó aún más los USB en la mano, sonriendo con una mueca cruel.

Ya tenía el secreto en la palma. Gonzalo, ese peón, ya no le servía para nada.

—Tu destino ya no me importa.

—Oye, ¿no veníamos solo a detener a un prófugo? ¿Por qué parece que esto es una guerra?

—Karina, ¿segura que no están filmando una película aquí cerca?

Pero Karina tenía el gesto serio, la mandíbula apretada.

El tiroteo ya había atraído a un montón de curiosos. En la Federación de Costaverde, el control de armas era tan estricto que ver algo así era insólito. La gente, lejos de huir, se mantenía a distancia, fascinados por el caos.

La policía no tardó en acordonar la zona con una cinta amarilla, manteniendo alejados a los curiosos.

Karina bajó del carro y, entre el murmullo de la multitud, caminó hasta la línea de seguridad.

Justo entonces, el tiroteo cesó.

No pasó mucho antes de que varios hombres, vestidos con uniformes tácticos negros y aspecto de soldados de élite, salieran del aeropuerto. Llevaban esposado a Gonzalo, que caminaba derrotado, cubierto de sangre y mugre, directo a la patrulla.

Al ver eso, Karina por fin respiró tranquila.

Detrás de Gonzalo marchaba un tipo alto, imponente, con porte de militar.

Parecía sentir la mirada de Karina, porque de pronto giró la cabeza y clavó los ojos en ella.

Sus miradas se cruzaron.

Y esos ojos, tan profundos y agudos como los de un halcón, los mismos que la habían impresionado en el Club Estrella Dorada, le hicieron estremecerse. Karina sintió cómo el corazón le saltaba en el pecho, y abrió los ojos de par en par.

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