Al llegar a la estación de policía, el trámite fue rápido.
Las pruebas contra Gonzalo eran tan contundentes que lo detuvieron de inmediato, sólo faltaba que llegara el día del juicio para llevarlo directo a la corte.
Sobre Sabrina y los mercenarios, los policías no dieron detalles, y Karina tampoco insistió en preguntar.
Para cuando todo terminó, ya era medianoche.
Karina salió por la puerta principal de la comisaría y de inmediato vio el Bentley estacionado al borde de la acera.
A su lado, recargado en la puerta del carro, estaba Lázaro.
Seguía con esa chaqueta negra sencilla y los pantalones deportivos de siempre, las manos en los bolsillos, la figura alta y segura.
Por más que era una imagen de lo más habitual, a Karina le dio un vuelco el corazón. Por un instante, la silueta de Lázaro se mezcló en su mente con la del hombre frío que hacía poco había visto enfundado en equipo táctico y portando un rifle. Era el mismo, y al mismo tiempo, completamente diferente.
Lázaro la vio quedarse quieta, entonces avanzó con paso largo hacia ella. Sin decir palabra, le tomó la mano con naturalidad, la llevó hasta el carro y abrió la puerta.
—Seguro ya tienes hambre. Ven, vamos a la casa. Te haré unos fideos.
Karina lo observó rodeando el cofre para subirse al asiento del conductor. Encendió el motor y las luces cálidas del interior dibujaron su perfil firme y decidido.
Karina lo miró, y en voz baja respondió:
—Sí, me encantaría.
El Bentley se deslizó con suavidad por las calles desiertas de la madrugada.
Lázaro manejaba con una mano en el volante, y la otra, como si nada, buscó la de Karina, que descansaba sobre sus piernas. Sus dedos grandes y secos recorrieron la piel suave de ella, cálidos, transmitiéndole una extraña sensación de cosquilleo y paz.
Karina no dijo nada. Se acomodó en el respaldo, dejando que él la sostuviera.
Miró por la ventana. Las luces de neón de la ciudad se alargaban hasta el infinito, corriendo hacia atrás como si fueran los pensamientos desordenados que la habían perseguido toda la noche.
...
Pero Karina, sin decir nada, le fue llenando el armario. Ahora tenía cinco juegos de ropa nuevos, sin usar, casi igualando la cantidad de ropa que había tenido en años.
En su pecho, de repente, sintió una ternura incontrolable, como si estuviera envuelto en un abrazo de sol tibio en invierno. Lo llenaba por dentro, suave y reconfortante.
Pero justo en ese instante, una imagen irrumpió en su mente, fuera de lugar y sin aviso.
Recordó lo que pasó hace unos meses, en el restaurante del centro comercial, cuando Valentín había coincidido con él usando la misma camisa.
En ese momento, Valentín le dijo a Karina:
—Karina, desde que cumplí dieciocho, toda la ropa que uso, hasta la ropa interior, la has comprado tú, ¿verdad?
Entonces... ¿así era como ella demostraba su cariño? ¿Encargándose de todo, llenando al otro de detalles, comprándole ropa sin parar?
La mirada de Lázaro se deslizó sola hacia el cajón de abajo, donde Karina guardaba su ropa interior.
Sin pensarlo, abrió el cajón.

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