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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 372

El corazón de Karina, por un instante, pareció detenerse.

A su lado, de pronto estallaron gritos tan agudos que la hicieron saltar.

—¡Aaah! ¡Dios mío! ¡Qué guapos! ¿Esos son los famosos militares de élite? ¡Le dan mil vueltas a los que salen en la tele!

—¡No inventes! ¡Mira nada más esos cuerpos, esa presencia...! ¡Me hacen sentir más segura que una muralla!

—¡Están cañones! ¿Ya viste cómo caminan? Aunque traigan toda esa ropa encima, se nota que puro músculo.

—¡Ay, ojalá pudiera casarme con uno! ¡Eso sí es un hombre de verdad!

Lo curioso era que, aunque llevaban máscaras tácticas que sólo dejaban ver los ojos, algunos incluso usaban gafas protectoras, y estaban cubiertos de pies a cabeza sin mostrar ni un centímetro de piel, el simple hecho de que estuvieran ahí, parados, bastaba para que se sintiera esa energía poderosa, esa fuerza indomable que parecía brotarles desde los huesos. Aquella sensación de poder y dominio era tan intensa que ponía los nervios de punta y hacía que la adrenalina se disparara.

Karina sentía cómo su corazón también empezaba a galopar sin control.

Sus ojos se quedaron pegados a la silueta más alta del grupo. Lo vio girar con una elegancia imponente. La espalda recta y firme desapareció al doblar por la esquina de la calle secundaria, y sólo entonces Karina desvió la mirada a la fuerza.

Uno de los policías se acercó, mirando de un lado a otro mientras preguntaba:

—¿Ya llegó Karina? ¿Quién es la señorita Karina?

Karina levantó la mano con rapidez.

—Soy yo, me llamo Karina.

Buscó su identificación y se la entregó al agente.

Él revisó los datos y le dijo:

—Vamos a retirarnos del lugar. Necesitamos que nos acompañe a la estación para que rinda su declaración. ¿Le parece bien?

Karina echó un vistazo en dirección al accidente y luego asintió.

—Está bien, les agradezco mucho.

Giró para mirar a Beatriz y le habló:

—Voy a irme en la patrulla para hacer la declaración. Tú lleva a Javier a casa, por favor.

—No te preocupes, yo me quedo en el hotel de Puerto Escondido. Si pasa cualquier cosa, me avisas —Beatriz hizo una pausa antes de agregar—: No me quedo tranquila si te dejo sola. Mejor me quedo en Villa Quechua un par de días más, espero a que ganes el juicio y entonces sí me regreso.

A Karina se le apretó el pecho de ternura.

Jamás imaginó que su colega de trabajo, esa mujer que siempre parecía arriesgar la vida en cualquier encargo, se preocuparía tanto por ella como para quedarse en Villa Quechua sólo para acompañarla y apoyarla.

...

Pero la inquietud no la soltaba, así que se animó a preguntar de nuevo:

—¿Y ellos... salen mucho a estas misiones? ¿No será que se lastiman seguido?

El agente, sin pensarlo mucho, respondió:

—Ellos van a las misiones que ni los SWAT quieren tocar. ¿Tú qué crees?

—Que se lastimen es lo de menos, si se descuidan, hasta la vida se les puede ir en un suspiro.

El conductor, que hasta ese momento había guardado silencio, frunció el ceño y lo regañó:

—¡Ya cállate con esas cosas! ¿Tú crees que esa gente es igual que nosotros? Son como una especie aparte. Nunca han perdido a nadie en acción y así va a seguir. Siempre regresan completos y sin problemas.

El joven policía pareció darse cuenta de que la había regado y se dio dos palmadas leves en la boca, como para espantar la mala suerte.

—¡Bah, bah, bah! Fue mi error, retiro lo dicho. Esa gente siempre regresa victoriosa, van a vivir muchos años, ya verás.

Aunque intentó corregir el ambiente, Karina no pudo quitarse la preocupación del pecho.

Sabía que, gracias a personas como ellos, el país podía vivir en paz y tranquilidad.

Karina apoyó la cabeza contra la ventana de la patrulla, mientras el viento de la noche jugaba con su cabello. Sin embargo, el remolino de emociones que tenía adentro, no encontraba sosiego.

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