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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 391

Karina arrugó la frente aún más, y su voz adquirió un tono cortante.

—Jamás he sido una carga para él. Si vas a hablar, más te vale tener pruebas.

—¿Ah, sí? —Eloísa se burló, con una mueca desdeñosa en el rostro—. Si no fuera porque tu adorado padre decidió desaparecer de la nada, ¿crees que nuestro plan estaría hecho un desastre?

—Un plan que era perfecto, ahora, por tu culpa, nos va a costar un montón de recursos volver a armarlo.

—¿Crees que porque tu mamá va a salir del hospital todo se resolvió? ¿Tienes idea de cuántas personas tuvieron que partirse el alma para lograrlo?

Su mirada era tan aguda que parecía atravesar la piel. De su porte emanaba una fuerza que helaría a cualquiera.

—Anoche, Lázaro no regresó a casa, ¿cierto? ¿Tienes idea del peso que carga sobre sus hombros?

—¿Y tú? Aparte de estar encima de él todo el tiempo, de intentar seducirlo, ¿qué otra cosa sabes hacer? ¡No puedes hacer nada por él!

Karina apretó los puños a su lado, las uñas casi se le clavaron en la palma. Sin embargo, en su cara no se notaba ni un temblor. Incluso dejó escapar una pequeña risa.

—Doctora Eloísa, creo que te estás confundiendo de asunto.

—A mi mamá la retuvieron en el hospital porque desde el principio formaba parte de su plan. Querían usarla para presionar a Sabrina.

Los ojos de Eloísa se abrieron un poco más, sorprendida.

—Como ciudadana, acepté cooperar con ustedes, pero eso no te da derecho a manipularme con culpabilidad moral.

—Los planes nunca salen exactamente como uno espera. ¿De verdad, cuando armaron el plan, pensaron que nada se saldría de control? Si ni siquiera saben improvisar cuando surge un problema, y encima quieren echarle la culpa a quien solo está apoyando…

Karina hizo una pausa, y su sonrisa adquirió un matiz irónico.

—Doctora Eloísa, te respeto como médica, y como militar. Pero si no te caigo bien, tampoco tienes que inventar pretextos para culparme.

Al terminar, ni siquiera la miró de nuevo. Se dio la vuelta y salió del despacho con paso firme.

Eloísa se quedó mirando la puerta vacía, incrédula.

Por un momento no supo qué decir. Luego, una risa amarga se le escapó, aunque también había alivio en su expresión.

Ahora entendía, al menos un poco, por qué Lázaro había terminado fijándose en ella.

Parecía frágil, como si el viento pudiera tirarla, pero por dentro era pura determinación y filo, como una daga bien afilada.

Era lo suficientemente lúcida y fuerte. Daba la impresión de que nada podía derribarla.

Eloísa bajó la mirada y se dejó caer en la silla.

Karina se hizo a un lado rápidamente y, tras recobrar el ánimo, se acercó a Lázaro.

—Déjame ayudarte con eso.

Lázaro levantó la vista. Sus ojos oscuros se posaron en ella.

—¿Ya tienes el certificado?

—Sí —asintió Karina.

Lázaro le tendió los papeles que sostenía.

—Entonces iré a tramitar la salida.

—No hace falta, ya le pedí a Jimena que se encargue.

La voz de Isabel se escuchó desde la puerta.

—Señora, mire, esto lo mandó el señor Yago.

Karina y Lázaro, casi al mismo tiempo, voltearon con sorpresa.

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